Cazadores en la niebla

Con la otoñada, vienen los cazadores y hoy por vez primera he oído disparos en el monte.

Me ha extrañado, pues era temprano y había mucha niebla, por lo que imagino que tendría el cazador la pieza muy cerca, o muchas ganas de realizar el primer disparo de la temporada. No es fácil vivir dentro de un coto de caza. En una ocasión estaba el cazador disparando tan cerca de mi casa, que me vi obligada a ir a llamarle la atención, aunque casi me da más miedo cuando no los veo y solo llegan los disparos envueltos en un eco que retumba en los troncos, allí abajo.

Porque aquí, el verdadero monte, no está en lo alto, donde a lo peor se quemó todo hace años y ahora solo hay brezos que en agosto florecen de fucsia, y helechos, que nacen por todas partes como si fuera fácil moverse bajo la tierra, que es como avanzan los helechales. El monte, la fraga, el bosque verdadero, está a resguardo en las orillas del río, que no son de nadie, y en esas laderas tan empinadas que no merece la pena talar porque no hay quien saque de allí la madera. Así el monte se refugia como alguien que huye del fuego, cerca del agua del río, donde también van a buscar la vida, los cazadores entre la niebla.

Toda la orilla está llena de señales de jabalíes que han hozado la tierra con sus jetas queriendo lombrices y toda suerte de gusarapos que encuentran levantando filetes de hierba. También los corzos, se cazan a partir de ahora; y eso da más pena. Porque así como el jabalí es tan abundante, casi una plaga, por la proliferación del monte bajo, que incluso en pleno día me encontré en una ocasión con un jabalí parado en la carretera que parecía de lejos tan grande como una vaca; el corzo, en cambio, se ve menos, es más tímido, aunque haya mucho más corzo que antes.

Mis vecinos se quejan porque cuando descorrean lo hacen contra los pinos más jóvenes y los destrozan, o ramonean los renuevos. Según la edad, desmogan antes o después pero, al contrario que los ciervos y los gamos, desmogan con la luz decreciente, van como a otro ritmo estos cérvidos que son los más pequeños de Europa y los más hermosos. A mí me da mucha pena que se cacen.

Una vez, desayunando, al amanecer, había uno frente a mi ventana, en mitad del camino. Al principio solo vi una mancha blanca, que eran sus cuartos traseros, y luego esa manera de volverse, tan elegante, que me recuerda a la de las gacelas en el desierto.

Se te quedan mirando, y luego se marchan. No se van sin mirarte de frente.

Oigo los disparos. Ojalá se les haya perdido el corzo entre la niebla.