La vendimia

Como la higuera, la parra quiere agua en los pies y la cabeza seca.

Por eso este verano ha sido tan bueno por aquí para las parras, que han tenido todo el sol que han querido para que sus uvas verdes mulatearan. Esta parra que tengo la plantó siendo cepa la única persona a la que yo he escuchado hablar con los sarmientos, esas ramas del año que parece que tienen siglos. Les decía José cuando los amarraba al emparrado con los bimbios dorados de las mimbreras: “No te vayas a tronzar”.

También él me advirtió que tuviera cuidado con los perros en primavera porque van buscando la savia dulce de las cepas, y si las muerden, pueden perder el agua hasta formar en el suelo charcos de savia dulce y clara.

Pero ahora toda la savia está en la uva y los sarmientos se han secado como las manos, al sol, de un campesino. Aunque algo de dulzor conservan siempre estas ramas porque cuando se queman dan un olor tan dulce que no hay mejor brasa para hacer las chuletas de cordero, como hacen en La Rioja, donde cada verano queman los sarmientos del año pasado, y aquí y allí se ven al atardecer fuegos muy grandes y rojos como el vino que anticipan dónde habrá esa noche buen beber y buena comida.

Y ya antes de que los sarmientos hagan brasa, el humo huele también muy dulce.

La última vez que estuve en La Rioja, me di cuenta de que también cada vez es más frecuente la mecanización en el campo, lo cual es lógico, pero como en todo en lo que entra el dinero, sale la belleza, que era la vendimia a mano y las parras cada una creciendo con su propia gracia y no como ahora, puestas en espaldera, como si fueran manzanos. Las vides se ven hoy como presas, en la parte más verde y más joven que eran sus pámpanos. Porque si la cepa lleva allí años sin poder moverse por sus raíces, da pena ver que tampoco ahora las pámpanas y los sarmientos tienen capacidad de movimiento con el viento que pasa. Solo cuando vengan desde otros países de Europa las grandísimas bandadas de estorninos con los primeros sonidos que oyeron cuando aún estaban en el nido, serán ellos los que diseminen por la ribera de los ríos las semillas de la uva, al forrajear la racima, que es el conjunto de cencerrones que no se llevan los vendimiadores.

Es entonces cuando germinan en los sotos esas parras silvestres llamadas labruscas que, cuando llega esta época del año en la que todo es recolección, no tienen más que la visita de algún mirlo.

Dejan estos mirlos la uva en la orilla abierta en dos para que alguna mariposa, también en migración, beba el jugo más dulce que da la tierra y siga su camino.