Los mineros

Con una gran perforadora, comienza la operación de rescate de los mineros atrapados a setecientos metros de profundidad bajo el desierto de Atacama, en el norte de Chile.

No se me ocurre una situación más angustiosa que la de estos 32 mineros chilenos, y uno boliviano. Hoy, al ver amanecer, he pensado en ellos. El sol, qué poca importancia le damos, poder verlo cada día y sin embargo todo gira a su alrededor, incluso nuestra vida necesita que el sol salga y que el sol se ponga. A la gente que viaja lo que le trastorna no son las horas de vuelo, sino atravesar los husos horarios, y por eso volar a México puede cansar mucho más que volar a Chile, que está mucho más lejos, porque la diferencia horaria, es decir, el trastorno de luz que daremos a nuestro cuerpo y a nuestra mente, será menor aunque sea mayor el número de horas de vuelo. Qué no podrá pasar entonces sin ver la luz, allí abajo, con el peso encima de la tierra y del desierto.

Siempre anduvieron por mi casa las lámparas antiguas de latón que los mineros usaban en las minas asturianas porque una buena parte de mis antepasados por parte de madre, fueron ingenieros de minas. Todo el paisaje de esa cuenca minera, cuando me enseñaba mi madre el lugar donde pasó su infancia, lo recuerdo siempre muy oscuro; la niebla, como si no pudiera escapar de la cuenca, uniéndose al humo de las chimeneas, formando una bruma grisácea que hacía más dulce la lluvia; más acogedoras las casas. Hasta los ríos, como si siempre hubieran sido así, tenían el agua negra como el carbón.

A los precipicios naturales de las montañas, se unían los de las escombreras donde se apilaban los estériles, las rocas que no daban nada, hasta formar verdaderas montañas con pies de barro porque ese volumen de materiales estaba lleno de aire y de huecos, y esa falta de cohesión hacía que se derrumbaran fácilmente.

Toda la vegetación y todo el paisaje, y yo diría que hasta la forma de ser y el alma de los que de la mina viven, se ve transformado por la actividad minera. En la comarca de El Bierzo, por ejemplo, donde se alteró ya mucho el paisaje por el aprovechamiento de los montes, se aprecia hoy la degradación en la abundancia de brezos y de jarales, y en la escasez de melojares y castañares, aunque en los últimos años el abandono de los aprovechamientos forestales esté favoreciendo su recuperación. La conservación de la Naturaleza consiste, muchas veces, en dejarla en paz. Y así incluso sobre las escombreras asturianas, sin hacer nada, acaban por germinar los árboles que había antes de que empezáramos a horadar allí la tierra que se comporta como un tronco herido al que hubiéramos atacado como los insectos perforadores a la madera.

Pero yo ahora, a las cinco y media de esta tarde, con un calor que no recuerdo por estas fechas del final del verano, doy gracias por ver el sol y por contemplar cómo llegará la noche con sus estrellas.

Que todo vaya bien y puedan traer a esos treinta y tres mineros a este mundo donde la vida es solo posible en una estrechísima franja llamada biosfera, entre el cielo, el mar y la tierra.