El silencio

Los ruidos se oyen cuando faltan.

Y es en esta casa vacía, silenciosa después de varios meses de tumulto, cuando empiezo a oírlo todo, el sonido de las hojas, un avión que pasa en este momento, un canto no sé de qué de lo apagado, desdibujado, que llega.

El pasto, prefiero no mirarlo pues nunca lo había visto tan seco, lleno de hojas volanderas que van de un lado a otro como si no supieran qué hacen tan pronto por el suelo, con este otoño adelantado que nos ha traído la sequía prolongada de este verano, y que ha puesto rojas las hojas de los cerezos, y amarillas las de la parra, antes de tiempo. Hay quien da estas hojas a comer al ganado, porque todo en las parras es dulce, desde el sarmiento a la sombra, y tienen ese no sé qué del vino que dan ganas, incluso a los animales, de vivir para siempre. Se mueven ahora las ramas del ciruelo japonés agujereadas por alguna especie de oruga que vive de ellas y donde el viento enhebra el aire, y silba un poco. Todo está como sin ganas de luchar por la vida, dejándose llevar por este tiempo seco y marchito que precede a la otoñada, la dulce otoñada que traerá el verdor, y una suerte de primavera al final del verano.

Porque la duración de los días y de las noches también se igualan como en primavera camino del equinoccio de otoño, cuando hay doce horas de luz y doce de oscuridad en cualquier lugar del mundo.

Eso hace que por unos días la Naturaleza crea que vuelve a ser primavera y, a las flores septembrinas que emergen de la tierra, se les unen las que ya florecieron con una nueva floración, como sin venir a cuento, que da menos flores pero yo diría que más hermosas, porque son las últimas del año. También los helechos amarillean por estas fechas y desde el aire se ven las copas de los eucaliptos, delgados como velas, y abajo los helechales melancólicos, llenos de otoño ya en agosto.

Hoy llueve un poco, y aunque esta agua no dará para nada, se intuye que algo de la semilla caída que pasó el verano enquistada, sin querer saber nada de la vida, puede germinar ahora, y así veremos en los rastrojos el verdor del ricial, que es el grano de cereal que germina de la planta segada y que ya no tendrá tiempo de espigar pero sí al menos de reverdecer los campos.

Se están yendo las tórtolas, los vencejos, los abejarucos, todos hacia África por el paso del Estrecho, y ahora que empiezan a faltarnos, aguzamos el oído por si aún nos quedara algún sonido de los que no escuchamos cuando estaban con nosotros.

Acaba de relinchar un pájaro carpintero, nacido en el tronco de un roble este año.

Como decía José do Corvo: “Cuando relincha así, es que está llamando por el agua.”