El calamar

Por pronto que vayas, al calamar siempre tienes la impresión de llegar tarde.

Sales del puerto casi a oscuras, con la embarcación cubierta de esa agua que cae del aire como si hubiera llorado de noche, sin ruido sin lluvia y sin nubes, el cielo. Todo está mojado. La cubierta, los cabos, el pantalán de madera. Miras arriba, al muelle, y ya ves cómo llegan los primeros, que son los que pasaron en el mar la noche, con carros de los de la compra de las señoras, o con bolsas que cargan al hombro, portando cada uno como puede, su botín de calamares. Porque eso es lo que tiene el calamar, que te crees que esta vez sí, madrugaste lo suficiente, y resulta que cuando doblas el espigón del puerto y el primer google.es/images?hl=es&q=rayo%20de%20sol&um=1&ie=UTF-8&source=og&sa=N&tab=wi&biw=1360&bih=577″ target=”_blank”>rayo de sol empieza a flotar sobre el agua, se va iluminando, como si estuvieran encendiendo de pronto las luces, el ejército de botes. Una invasión de los japoneses, no tendría un aspecto muy diferente. Toda la ría está llena de barcos que, aunque tienen los más diversos colores, y casi todos no son más que una barca con un cajón de madera que hace de cabina, su aspecto, así en enjambre, todos juntos en el horizonte, todos al calamar, resulta imponente y el sol les saca destellos como para hacerlos más importantes. Tengo que decir que para mí es una de las cosas más bonitas que he visto, la pesca del calamar en la ría, al amanecer, los días de verano. Hay un hombre por barco. O una mujer. Recuerdo el año pasado una señora, ella sola en su bote, con un perrito en la proa, y de pie tirando una vez y otra de las poteras para ver si habían picado los calamares. Esta pesca es la que se hacía con faroles sobre la mar, porque los calamares tienen fototropismo como esas mariposas que salen de noche pero que se sienten atraídas por la luz que no tiene su vida, hasta quemarse en la llama de una vela. El calamar pierde también su vida por la luz, pero por la luz sobre el agua de las farolas del puerto, donde otro ejército de pescadores de muelle, pasa la noche. Los que salimos al mar, le echamos poteras fosforescentes orladas de alfileres y cuando tocan el fondo, las subimos un poco y empezamos a tirar de vez en cuando. Todos movemos los brazos como si bailáramos.

Los botes, están fondeados tan cerca el uno del otro, que se ve lo que va sacando cada uno, y como hay un hombre o una mujer por bote, nadie habla, todo el mundo está callado, escuchando con las manos porque el sedal, como un hilo telefónico conectado al fondo marino, nos cuenta lo que sucede allí abajo.

Por temprano que vayas, siempre llegas tarde al calamar. Y cuando se van los profesionales, que son los que tienen los botes más pequeños y despintados, te parece que ya no hay nada qué hacer hasta mañana.