Los toros y el amor a la naturaleza

Lo que yo piense de los toros, carece de importancia, porque lo que de verdad a mi me preocupa, es el paisaje sin figuras hacia el que avanzamos.

En este asunto de los toros hay un fondo que responde, entre otras muchas cosas, a un nuevo sentir de la gente en su relación con los animales y que viene a ser tan desvirtuado como el de las señoras que quieren ajardinar el campo. Es cursi, lo que está sucediendo, entendiendo por cursi todo aquello que chirría porque es mentira, o porque nace del desconocimiento. Y no hablo de desconocimiento en el sentido del saber científico, sino en el del saber humano, del que se mama y con el que nos criamos.

De todos los que, sinceramente, no me cabe ninguna duda, proclaman que al toro hay que salvarlo, son pocos, quizás ninguno, los que lo vieron alguna vez en el campo, como sucede con la defensa de la caza de las ballenas a las que jamás oyeron ni vieron asomar su piel por el mar cubierta de balanos.

Todo su conocimiento del océano, de la tierra, de la fauna y de la flora, de la Naturaleza en fin, es indirecto. Siempre con algún mediador, una pantalla, una voz, una escritura, entre el objeto a observar y sus ojos. Quiere decir que no miran con sus propios ojos la Naturaleza, sino que la observan virtualmente, a través de documentales o de informaciones que van recibiendo, y como toda información, es sesgada, por lo que pierden la visión de conjunto necesaria para entender la ecología, la relación de todo lo que está vivo con todo lo que le rodea.

Esa visión parcial, les lleva a un amor sublimado por la Naturaleza, que está muy bien y que es muy loable, pero que tiene los mismos componentes del amor platónico: es decir, irreal, irrealizable y por ello, eterno. Mal lo tienen en la Fiesta con este nuevo sentimiento imparable, con esta cristalización de Stendhal, porque no habrá razonamiento posible, al menos con los que quieran prohibir los toros, la Fiesta, si nace de este sentimiento.

La primera vez que, cuando vine a vivir aquí, me regalaron carne, para hacerme ver que estaba fresca, me dijeron: “Fíjate, aún está caliente”. Próxima por tanto a la vida, próxima a la muerte. Esa frontera, entre la vida y la muerte, es en la que todo está siempre viviendo. Negarla, es vivir en el limbo. El campo, el mar, el cielo, es vida y es muerte. Y nada habrá más triste, que el mar sin un pesquero al fondo, o el campo sin su pastor o sin su cazador a solas con la inmensidad y su perro.

Pero me temo que avanzamos hacia la ruptura total de nuestra especie con su entorno. De todo animal salvaje, se querrá hacer un animal doméstico; y un jardín, incluso industrial, de todo paisaje. ¿No es una contradicción terrible que en nombre del amor a la Naturaleza se estén llenando los sembrados de huertos solares y los montes de molinos en vez de árboles?

De estas contradicciones, estará lleno nuestro futuro, porque como el platónico enamorado, no hará más que, desde su despacho en la abarrotada ciudad, locuras para proteger del mundo a su objeto amado, por lo que irá rompiendo uno a uno todos los lazos que nos unían con la Naturaleza, y no querrá a nadie junto a ella. Adiós al campesino en el trigal, al marinero en el horizonte, al ganadero en el campo.

Nunca antes, en los temas de Naturaleza, fuimos tan manejables, ni tan ignorantes. El que sabía, lo sabía de primera mano. Ahora nadie sabe nada. Y por eso se pierden día a día, sin que ni los lingüistas se inmuten, los nombres vernáculos de nuestra Naturaleza, porque ya no hay quien sepa nombrarla.

Y rotos ya todos los lazos con el entorno, que tanto conocimiento nos dieron, ¿qué nos quedará cuando, a la realidad, despertemos?

Lo que yo piense de los toros, carece de importancia, porque lo que de verdad a mi me preocupa, es el paisaje sin figuras hacia el que avanzamos.

En este asunto de los toros hay un fondo que responde, entre otras muchas cosas, a un nuevo sentir de la gente en su relación con los animales y que viene a ser tan desvirtuado como el de las señoras que quieren ajardinar el campo. Es cursi, lo que está sucediendo, entendiendo por cursi todo aquello que chirría porque es mentira, o porque nace del desconocimiento. Y no hablo de desconocimiento en el sentido del saber científico, sino en el del saber humano, del que se mama y con el que nos criamos.

De todos los que, sinceramente, no me cabe ninguna duda, proclaman que al toro hay que salvarlo, son pocos, quizás ninguno, los que lo vieron alguna vez en el campo, como sucede con la defensa de la caza de las ballenas a las que jamás oyeron ni vieron asomar su piel por el mar cubierta de balanos.

Todo su conocimiento del océano, de la tierra, de la fauna y de la flora, de la Naturaleza en fin, es indirecto. Siempre con algún mediador, una pantalla, una voz, una escritura, entre el objeto a observar y sus ojos. Quiere decir que no miran con sus propios ojos la Naturaleza, sino que la observan virtualmente, a través de documentales o de informaciones que van recibiendo, y como toda información, es sesgada, por lo que pierden la visión de conjunto necesaria para entender la ecología, la relación de todo lo que está vivo con todo lo que le rodea.

Esa visión parcial, les lleva a un amor sublimado por la Naturaleza, que está muy bien y que es muy loable, pero que tiene los mismos componentes del amor platónico: es decir, irreal, irrealizable y por ello, eterno. Mal lo tienen en la Fiesta con este nuevo sentimiento imparable, con esta cristalización de Stendhal, porque no habrá razonamiento posible, al menos con los que quieran prohibir los toros, la Fiesta, si nace de este sentimiento.

La primera vez que, cuando vine a vivir aquí, me regalaron carne, para hacerme ver que estaba fresca, me dijeron: “Fíjate, aún está caliente”. Próxima por tanto a la vida, próxima a la muerte. Esa frontera, entre la vida y la muerte, es en la que todo está siempre viviendo. Negarla, es vivir en el limbo. El campo, el mar, el cielo, es vida y es muerte. Y nada habrá más triste, que el mar sin un pesquero al fondo, o el campo sin su pastor o sin su cazador a solas con la inmensidad y su perro.

Pero me temo que avanzamos hacia la ruptura total de nuestra especie con su entorno. De todo animal salvaje, se querrá hacer un animal doméstico; y un jardín, incluso industrial, de todo paisaje. ¿No es una contradicción terrible que en nombre del amor a la Naturaleza se estén llenando los sembrados de huertos solares y los montes de molinos en vez de árboles?

De estas contradicciones, estará lleno nuestro futuro, porque como el platónico enamorado, no hará más que, desde su despacho en la abarrotada ciudad, locuras para proteger del mundo a su objeto amado, por lo que irá rompiendo uno a uno todos los lazos que nos unían con la Naturaleza, y no querrá a nadie junto a ella. Adiós al campesino en el trigal, al marinero en el horizonte, al ganadero en el campo.

Nunca antes, en los temas de Naturaleza, fuimos tan manejables, ni tan ignorantes. El que sabía, lo sabía de primera mano. Ahora nadie sabe nada. Y por eso se pierden día a día, sin que ni los lingüistas se inmuten, los nombres vernáculos de nuestra Naturaleza, porque ya no hay quien sepa nombrarla.

Y rotos ya todos los lazos con el entorno, que tanto conocimiento nos dieron, ¿qué nos quedará cuando, a la realidad, despertemos?