El enfado de Hemingway

La semilla de un mangle es como una pluma estilográfica.

Es una semilla vivípara porque germina antes de caer del árbol pero que tiene, para que se clave en la arena cubierta de mar, una suerte de uña con la que se podría escribir igual que con el cañón de una pluma de ganso.

Claro que, para escribir, lo que hace falta es no tener ocupada la cabeza en otra cosa. Personalmente, creo que no hay nada mejor que salir al mar, donde el pensamiento se queda plano como el horizonte y donde no hay nada que distraiga porque todo es monotonía de agua y de cielo. A veces, un velero, que parece como pintado, al fondo, y el resto es mirar el sedal a ver si pica una aguja de espinas verdes y da esos tirones que son como las ondas que hace su cuerpo alargado, plateado y con una cabeza parecida, en pequeño, a la de los peces espada y a la de los marlines. Yo, cada vez que salgo a pescar, me acuerdo de Hemingway. Pocas casas de escritores he visto más bonitas como la que tenía en Key West, no solo ya porque la casa, el edificio en sí, fuera precioso, sino porque te imaginabas la vida feliz que tuvo que llevar en aquel lugar donde lo único que tenía que hacer, era escribir y pescar.

De la casa me acuerdo que era colonial, y que tenía unas barandillas de hierro un poco modernistas y pintadas de verde, y que por esos porches que a su vez eran balcones, entraba la brisa marina para mover unos visillos blancos. Hacía calor y sin embargo toda la casa resultaba fresca y ligera, incluso con todas las paredes llenas de recuerdos y de fotos de Hemingway en las que, en su mayoría, salía pescando.

Ya he contado en más de una ocasión que se enfadó muchísimo con su segunda mujer cuando al regreso de uno de sus viajes, no estoy segura de si venía otra vez de los Sanfermines, se encontró con que estaban haciendo una piscina, la primera de Key West, en la que incrustó un centavo en el cemento fresco del bordillo para dejar constancia de que él pagaría solo el último centavo de una obra que costó casi tres veces más que la casa. Y allí sigue el centavo.

Imagino la indignación de Hemingway porque el lugar donde escribía, una suerte de caseta en el jardín a la que hoy no dejan entrar, se quedó entonces, no ya rodeada del verdor monótono de las palmeras, sino del azul artificial de la piscina con sus chapuzones, gritos y colores estridentes de los bañadores. Adiós, paz.

De todas las noticias que van llegando sobre el vertido en el Golfo de México, de lo que estoy más pendiente es de si toca o no los cayos de Florida y sus manglares porque son estos árboles que agarran la arena de las playas, los que albergan más vida; y aunque por ahora no ha llegado el crudo mas que a alguna blanquísima playa de Pensacola, más al norte, se ha ampliado en las últimas horas el área donde se prohíbe la pesca.

Cuánto se enfadaría Hemingway si al salir al mar viera, de pronto, el crudo oxidado a la deriva manchando el azul y la vista como una hoja bien escrita que alguien hubiera salpicado de tinta.