El transbordador

El transbordador es como un sueño, o una pesadilla, según hacia qué lado se vaya.

Al salir de Portugal, donde los periódicos hablaban de fútbol y de política porque faltaban dos días para que falleciera Saramago, se veían en el muelle, colgadas como ropa en los cabos de los botes, las algas filamentosas que con la subida de la marea, habían emergido del fondo. Se unen aquí, entre España y Portugal, también como dos países distintos, las aguas del Miño con las del océano Atlántico, y aunque en principio resulta difícil distinguir qué es mar y qué es río, se puede llegar a saber, por las especies de algas, hasta dónde llega la sal en el agua dulce.

Eran las doce menos veinticinco cuando fuimos a por los billetes del ferry, y la primera sorpresa fue el precio: tres euros con diez un coche y dos personas para cambiar de país en los ocho minutos que dura la travesía entre Portugal y España, desde Caminha a La Guardia; o A Guarda, en gallego. Había pues, tiempo para conocer Caminha, pero resultó demasiado poco. Las calles, soleadas a esa hora del mediodía, estaban como recién lavadas, y en su antigüedad, nuevas. Nada, o al menos nada que se viera por fuera, se había tocado en aquélla hermosísima villa donde cada tienda, ya de anzuelos y sedales, donde vendían cebo vivo; ya de cosas viejas salvadas del naufragio de alguna casa, pedían horas, en su frescor oscuro, en su olor a papel de estraza, para estar dentro de ellas. Afuera, terrazas con sombrilla y mucho adoquín y baldosín azulado y mucha piedra de las de siempre. Las puertas, pintadas del verde oscuro de las algas del muelle. Salimos corriendo, yo aún más porque me entretuve sin darme cuenta, y con el tiempo justo de subir el coche, empezó el transbordador su travesía. Qué corta se hizo. Qué pena no haber pagado tres euros más para dar la vuelta y regresar a Portugal porque en cuanto se desembarca, lo que era armonía, se vuelve un caos estético donde cada terminación de cada nueva casa es una bofetada al alma. No se aprecia tanto la diferencia cuando se va por carretera, porque los cambios son más graduales, pero la travesía del río es un espacio en blanco, un lugar de nadie que nos hace apreciar con mayor claridad qué y cómo es cada cual, a cada lado del río. Aunque A Guarda tuvo que ser precioso, no queda ya casi nada de lo que merecía la pena, y hasta de su plaza se han llevado como en tantos otros lugares la piedra que pisaron sus antepasados para sustituirla por esa otra piedra nueva y serrada condecorada eternamente de chicles y que es la piedra más sucia y más mentirosa que existe porque no tiene más pasado que el del monte del que fue arrancada. Siempre he creído que habría que investigar adónde fueron tantas piedras que han sido quitadas en los últimos años de las calles de Galicia, en Betanzos, en Pontevedra, también aquí, en A Guarda. Menos en Santiago, donde aún no se han atrevido, han desaparecido losas que eran milenarias, ante el silencio de todos, como si las piedras no hablaran. Quizás, a veces, tener dinero, es un problema, porque los cambios se hacen a toda velocidad, sin pensar a fuego lento, con calma. Porque ahora, cuando la realidad nos vuelve a igualar con nuestro país vecino, resulta que al otro lado de la orilla tienen aún sus piedras y un modo de vida que les hará más fácil prescindir de algunas cosas, mientras nosotros, que construimos remedos de palacios que no han sido más que monumentos al mal gusto porque nos creímos para siempre ricos, ¿qué haremos, sino llorar, por la armonía perdida?

La armonía. Qué música más confusa destila España, al otro lado del Miño.