Hace frío en Sudáfrica

Lo que más sorprende de Sudáfrica, es el frío.

Como el frío que tengo yo ahora escribiendo en este desapacible junio, a diez mil kilómetros de distancia de Sudáfrica mientras pían los golondrinos, los pollos que volarán hasta allí, sin haber ido antes, cuando acabe el verano.

No siendo un frío de temperaturas bajo cero, están en los cruces de las calles pidiendo los hombres y los niños de raza negra con gorros de lana hasta las orejas, como si ellos provinieran de lugares más cálidos y aún no se hubieran adaptado a ese clima, o como si la pobreza y tener que mendigar les diera frío. Ahora allí casi es invierno y esa imagen del gorro de lana en la cabeza y el fuego en el suelo, la imagino en todos los cruces de las calles y las carreteras. Se veían a su vez, a lo lejos, los campamentos de hoja de lata, uniformes en su miseria, y ya entrando en la sabana, las casas con la hierba del techo en el tejado, y sus altísimos pararrayos. Como si la suma de los tallos de esta hierba donde brilla en sus espigas el último sol del día en la sabana, diera para el cielo un árbol, atraen muchísimo a los rayos las chozas que se hacen con esta gramínea que es la llamada hierba del techo.

Son muy violentas las tormentas en Sudáfrica. Cuentan que la piedra de las montañas atrae a los rayos y los incendios son frecuentes allí donde las jirafas asoman su cabeza entre las acacias. Ya en la ciudad de Johannesburgo, las construcciones tienen un aire más europeo, desde los edificios de oficinas, a las casas de las afueras, orladas con alambres de espino electrificados, con su calefacción y su chimenea.

Los guías cuentan cómo se ríen de los extranjeros al verlos muy arreglados por la mañana para el primer safari, pero sin nada de abrigo, por lo que suelen proveer de mantas que recuerdan a las del ejército, gruesas, pesadas y oscuras, para que, al regresar, con la nariz congelada, se tapen el pantalón corto los turistas. En la imaginación de un europeo, siempre hace calor en África.

Y lo que ni siquiera imagina, no son ya los cinco grandes, sino la variedad de insectos y de aves que hay en Sudáfrica, los nidos de los tejedores, colgando de las ramas, los loros grises, o los abejarucos de colores malvas. Hay uno que se llama abejaruco europeo y que es el que ahora está por aquí, anidando en las cárcavas, donde excava con el pico un nido al fondo de un túnel de más de dos metros de largo, tan perpendicular al talud que si pudiéramos entrar y mirásemos desde dentro, veríamos, al fondo, el redondel azul que es el cielo.

Cuánto saben estos pájaros de cómo es el mundo a diez mil kilómetros de distancia. Cómo vienen hasta aquí buscando abejas. Cómo saben mejor que nadie, el frío que puede llegar a hacer en Sudáfrica.