Tiempo de cerezas

Las señoras que venden cerezas tienen las mejillas rojas.

Puede que sea por el calor del mediodía, o por ese otro calor que desprende el tráfago de los coches por la carretera. Como si estuvieran a la orilla del mar, se sientan a pleno sol, bajo la sombrilla, en una silla de playa. La mesa que sostiene las cerezas, también serviría para comer un día sobre la arena. Todo tiene en el puesto ese aire provisional de lo que va a desaparecer en cualquier momento, quizás hasta el año que viene, puede que hasta nunca.

La autovía fue a cortarse justo por aquí, tras derrumbarse la montaña que estaba “podre”, decían los paisanos, podrida como una fruta, a la orilla del Valcarce y sus cerecedas, en Piedrafita. Ahora está a punto de abrirse de nuevo, por lo que ya no volverán a correr junto al río los coches que están de paso, y esto, tal vez, hará desaparecer de la carretera los puestos de cerezas que son, como la fruta que venden, algo perecedero.

Me hacen gracia sus letreros, siempre escritos a mano, con letra grande y clara donde, sobre una tabla cualquiera, pone: CEREZAS, HAY CEREZAS, o SE VENDEN CEREZAS, y que es lo más cerca que puede estar un fruto de una letra si escribiera, al ser probablemente la mano que recolectó las cerezas del árbol, la misma que escribió el letrero.

La fruta que se queda en el cerezo o que cayó con la recolección al suelo, será luego forrajeada de una manera distinta según el pájaro que venga a comerla: y así el zorzal y el estornino comen las cerezas de las ramas, y picotean la pulpa de tal manera, que dejan el hueso colgado del pedúnculo; el picogordo, en cambio, desprecia la pulpa y come las cerezas en el suelo, para abrir en dos el hueso y extraer la almendra de la cereza, que es su semilla. De noche son los zorros con sus cachorros los que acuden a las cerecedas.

Me pregunto, al pasar, cuál de los puestos venderá más, si el que te encuentras primero, o el último de la carretera, cuando ya has pensado si parar o no y, al fin, te detienes. Imagino que según seamos cada cual, haremos una cosa distinta, y el impulsivo se detendrá en el primer puesto, el prudente en el penúltimo, y el indeciso se quedará sin cerezas porque de pronto, a la vuelta, ya no hay más puestos. El tacaño, ni lo piensa. A tres euros el kilo estaban hace un par de horas. Me dieron a probar una y tiene la cereza menos carne y menos dulzor que otros años. “Es que, por el frío, vinieron muy tarde”, me dijeron hace un rato.

Hasta las cerezas van a menos, en estos tiempos menguantes.