Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout

Me llamo Lucy Barton. Elizabeth Strout. Traducción de Flora Casas. Duomo. 2016. Tapa blanda. ISBN: 9788416261918. 224 págs. 16,80 €.

Cuando se vive de corregir libros, hay rachas en las que en el manido binomio amor-odio gana el odio por goleada. Del barbecho lector consiguiente nos suelen sacar una, dos páginas que resultan suficientes para recordarnos el placer que supone sumergirse en la lectura.

Me llamo Lucy Barton, escrito por Elizabeth Strout —ganadora de un Pulitzer con su obra Olive Kitteridge—, ha sido merecedor de grandes elogios, así como de alguna crítica furibunda que tal vez responda más a las expectativas depositadas en la novela que a la calidad del texto. Si uno se acerca a ella sin prejuicios, se topa con un libro sugerente e intimista.

La ya escritora Lucy Barton recuerda las nueve semanas que pasó ingresada en un hospital de Manhattan a mediados de los ochenta. Las imprevistas complicaciones de una operación de apendicitis la mantuvieron alejada de su entonces marido —que apenas pisó el hospital— y de sus dos hijas pequeñas. Pero esa dura y solitaria convalecencia le trajo un regalo inesperado: cinco días con su madre, llegada del minúsculo y pobre pueblecito de Illinois donde transcurrió la infancia de Lucy.

Tras años sin ver a su familia, esta afronta la visita de su madre como una oportunidad. Y recuerda. Recuerda que hasta los once años vivieron en un garaje gélido pegado a la casa de su tío abuelo. Recuerda que se quedaba hasta tarde en el colegio para evitar volver al frío, y que tras hacer los deberes leía para prolongar el rato de calor. Recuerda la voz de su madre, el rigor, el hambre y las palizas. Recuerda que en ocasiones su padre se ponía nervioso, y perdía el control, y salía lo que Lucy llamaba para sus adentros “la Cosa”. Y pasados los años, muertos ya sus padres, recuerda cómo las horas extra en el colegio le abrieron el camino hacia la universidad, y cómo terminó por vivir en Nueva York, y empezó a escribir, y se puso enferma y su madre pasó con ella cinco días enteros y la llamaba Pispajo, como hacía cuando era niña.

La narradora despliega sus contradicciones y sus miedos a lo largo del relato. Parece ingenua, pero tiene un conocimiento profundo de la oscuridad; parece tímida, pero ha logrado romper con la inercia de su familia. Y en el flujo de su memoria y de las conversaciones con su madre sobresalen los silencios, las palabras no dichas, los vacíos en los que todos podemos reconocernos.

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