El bar de las grandes esperanzas, de J. R. Moehringer

EL_BAR_frontal_300dpiEl bar de las grandes esperanzas. J. R. Moehringer. Traducción de Juanjo Estrella. Duomo. 2015. Tapa blanda. ISBN: 9788416261017. 480 págs. 19,80 €.

A estas alturas ¿quién no ha oído hablar de El bar de las grandes esperanzas? Señalado como libro del año por gran parte de la crítica y considerado por muchos imprescindible para entender la personalidad masculina, esta autobiografía del a su vez biógrafo de Andre Agassi fue la sensación del mercado editorial español el otoño pasado. Ganador del Pulitzer de Periodismo en el año 2000, Moehringer escribió estas memorias en 2005. Parece que Agassi las leyó entonces y no dudó en contactar con el escritor a la hora de redactar Open (2009).

El bar de las grandes esperanzas es, en primer término, una oda al bar. Pero ese canto adquiere su sentido desde la perspectiva del niño J. R. Moehringer, un chaval que crece sin figura paterna y que busca a toda costa referentes masculinos. Habitante de la Casa Mierda (nombre con el que el abuelo se refiere a su propio “hogar”, donde vive con su mujer, su hijo —el impagable tío Charlie—, sus dos hijas separadas y los hijos de estas), J. R. trata denodadamente de localizar en la radio la voz de su padre, un conocido locutor que maltrató a su madre y del que no tiene ninguna noticia. Su tabla de salvación la conforman su tío, camarero en el Dickens (más tarde renombrado como Publicans por Steve, el afable e imponente dueño), y sus amigos y compañeros. Ellos le abrirán las puertas del mundo y le instruirán en los códigos de los hombres, hasta el punto de que tardará años en conseguir desvincularse del bar y empezar a construir su propia vida.

Como nota curiosa, y pese a la advertencia de nuestro admirado Rodríguez Rivero —“Y tranquilas: también hay mujeres (la madre, por ejemplo, un notable personaje literario)”—, estas memorias no soportarían el últimamente tan mentado test de Bechdel. Los personajes femeninos son secundarios, aunque el autor acabe reconociendo que todas las virtudes que él buscaba en los hombres estaban concentradas en la figura de su madre. Lo cierto es que el libro resulta tierno, evocador, sincero, más en la infancia, la verdad sea dicha, que en la primera juventud, en la que J. R. entra en un bucle adolescente que a esta humilde bloguera le resultó tedioso. No obstante, la escritura de Moehringer tiene una solvencia que suele echarse de menos, de manera que ya estamos pendientes de la próxima publicación de Sutton, una obra sobre la vida del ladrón más extraordinario de todos los tiempos.

 

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