La solterona, de Edith Wharton

La solterona, de Edith Wharton. Traducción y postfacio de Lale González-Cotta. Impedimenta. Madrid. 2013. ISBN: 978-84-15578-73-4. Rústica. 144 págs. 17,95 €

La palabra “casadona” no existe, pero debería como antónimo de solterona. Ocho letras a la medida de Delia Ralston, la matriarca del clan burgués con la que comparte protagonismo Charlotte Lovell, la antiheroína de esta novela corta.

Edith Wharton (1862-1937) vistió a estos dos personajes imponentes con faldas de seda y delicadas blusas de popelín y los situó en una “alta mansión de piedra oscura” de Manhattan, donde hicieron uso de sus modales irreprochables. Todo muy elegante, pero trasplantados al oeste de los pioneros y con un par de pistolas en los bolsillos, este folletín podría haberse convertido en un western sin muchos problemas.

El argumento de esta historia fue bien exprimido en el siglo XIX: la madre soltera que renuncia al amor de un hombre y de su criatura parida y sus consecuencias. Charlotte recibe el amparo de su prima Delia, quien acoge también a su hija-pecado de manera que nadie sospeche de su falta. Delia es víctima del clan (como todos y cada uno de sus miembros), pero también su mejor lugarteniente para hacer cumplir sus leyes y preceptos. Charlotte se pone bajo su tutela y acepta el pacto, que tiene como contrapartida anularse como persona.

Edith Wharton

El comportamiento sumiso de Charlotte es requisito para su supervivencia, pero el sometimiento que demuestra es solo aparente. Con cada uno de sus movimientos intenta apartarse del poder de los Ralston. Cuando se queda embarazada, es “despachada sin demora a un remoto pueblo de Georgia”; a su vuelta, encuentra en una casa para niños pobres un lugar en el que ejercer como madre, situar a su hija y guardar las apariencias; por último, planea irse con ella. Estas estrategias tan débiles de resistencia (las únicas posibles) no le sirven de mucho, claro.

Wharton no salva a Charlotte, quien termina por claudicar bajo el yugo de la familia y, por extensión, de una sociedad a la que pinta con los colores más grises y de la que se burla con su ironía proverbial. A cambio nos regala la sinceridad de estos personajes, lo mejor de ellos. “Y a continuación, los bebés; los bebés que se suponía que ‘lo compensaban todo’, pero que resultaba no ser así… por más que fuesen criaturas entrañables. Una seguía sin saber exactamente qué se había perdido o qué era aquello que los hijos compensaban”. Un párrafo sorprende en el que su autora habla alto y claro a las mujeres de aquellos y de estos tiempos (nunca es tarde para aprender, chicas).

La solterona es, como casi toda la obra de Wharton, muy recomendable. También, la peli de Edmund Goulding basada en esta magnífica novela.

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