El tiempo de los regalos, de Patrick Leigh Fermor

El tiempo de los regalos. A pie hacia Constantinopla. Patrick Leigh Fermor. Traducción de Jordi Fibla. Ed. Altaïr Viajes. 2002. ISBN 84-8307-378-1, 334 págs. 30,00 €.

Una vez más he tirado de biblioteca para esta reseña, lo cual que, esta edición de Altaïr no está ya a la venta. Los interesados tienen que adquirir la edición conjunta de El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua, de RBA, en 2011. Recomiendo a los interesados que lo hagan porque Jordi Fibla sigue traduciendo la primera parte y ha sido una delicia leer a Fermor por la boca de Fibla.

Literatura de viajes por la vieja Europa de 1933. Es difícil que el texto resultante sea malo o aburrido. Sí puede ser pedante y eso es algo que a veces pierde a Fermor: describir durante quince líneas la cornisa de una catedral es una pirueta preciosista excesiva, tanto como el adjetivo que acabo de aplicar.

El viajero sin dinero, que recibe billetes de cinco libros en estaciones de correos remotas es una idea de viaje difícil de concebir en el siglo XXI. Confiar en la generosidad de los extraños, como diría aquella, si son sobre todo condes y primos de condes de Bohemia es un buen plan de viaje, que el couchsurfing no supera. Patrick se movía de carta de recomendación en carta de recomendación y si no llegaba a tiempo, pues al pajar de un granjero de la zona, que con el frío y la lluvia le sabía a gloria.

No se trata de una novela de aventuras a pesar de los 18 años con los que contaba y eso sucede porque las notas de viajes están revisadas pasados los años. Así, hay reflexiones, más allá de las quince líneas por cornisa, que corresponden a un adulto de mayor edad, de más vida alrededor. Se esmera en la comparación de dialectos en Alemania, de vestimenta, de arquitectura, de bebidas. Y todo le gusta y a todo se va adaptando, como viajero flexible y paciente. Desde que sale de Rotterdam hasta que llega a la raya de Hungría. De ahí a Constantinopla, se lee en la segunda parte “Entre los bosques y el agua”.

Todo ese desfile de lugares, elementos arquitectónicos, bebidas, costumbres, aperos de labranza, títulos nobiliarios son traducidos por Fibla con precisión, insisto. Todos excepto Aachen (pág. 50), que a fuer de mi profesor de Historia, es Aquisgrán.

 

 

 

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