La enzima prodigiosa, de Hiromi Shinya

La enzima prodigiosa. Hiromi Shinya. Traducción de Salvador Alanís. Aguilar. 2013. Tapa blanda. ISBN: 9788403013575. 224 págs. 16,15 €.

Hace unas semanas, en nuestra reseña de La comunicación jibarizada, del periodista Pascual Serrano, les hablábamos de cómo los modos de internet han influido en los libros y en la articulación del conocimiento, de la primacía de la imagen y la espectacularidad, de la proliferación, en suma, del pensamiento superficial. Hoy reseñamos un “ensayo” que representa a la perfección aquellos vicios contra los que les advertíamos. La cubierta de La enzima prodigiosa ya es un alarde de exageración y falta de concreción. En lo que respecta a “la cosa editorial”, según nuestro topo en Nielsen, de esos dos millones de libros, en España se han vendido en torno a ciento sesenta mil ejemplares. Más que suficiente.

Una vez que abrimos el volumen, el asunto se complica. Nos cuentan que el autor, Hiromi Shinya, tiene setenta y tres años, lo que implica que la biografía está redactada en 2008 (fecha que también figura en los créditos). ¿Acaso el libro llegó a publicarse en algún lugar y pasó gratamente desapercibido? También indican que Shinya es jefe de la unidad quirúrgica del Centro Médico Beth Israel de Nueva York y profesor del Colegio de Medicina Albert Einstein. En las páginas web de estas instituciones, las referencias al médico japonés brillan por su ausencia; no sabemos si en 2008 aún trabajaba allí.

El ensayo se basa en la idea de que todas las enzimas del cuerpo humano se crean a partir de una enzima madre, que debemos preservar como un tesoro. Si quieren entrar de lleno en el contenido del libro, echen un vistazo a la “crítica” de ABC… y anímense a hacer crítica de la crítica: por una parte, en ABC consideran que la margarina es un lácteo; por otra, el único término que pone en cuestión la validez de la teoría de Shinya es “embaucar”, pero no queda claro que conozcan su significado.

Más allá de ciertas recomendaciones consensuadas (ya saben, no fumen, no beban alcohol, coman más alimentos de origen vegetal y menos de origen animal, eviten los productos refinados, beban agua fuera de las comidas, mastiquen bien…), el libro está trufado de anécdotas y creencias, y carece de estadísticas y estudios contrastados. Eso sí, a lo largo de todo el texto se insiste en los cientos de miles de pacientes a los que ha tratado Hiromi Shinya, de quien se dice que ha examinado los estómagos e intestinos de más de trescientas mil personas (y quien, gracias a un flagrante error de traducción, ha “removido” cientos de cánceres y pólipos, en vez de limitarse a extirparlos). Permítanme un simple cálculo: para alcanzar tan asombrosa cifra, el doctor debería haber visto dieciséis sistemas digestivos diarios durante cincuenta años sin descansar un solo día. Juzguen ustedes si el dato es exagerado o no.

Entre otras cosas, Shinya predica que con su dieta y la forma de vida que propone ha conseguido un cero por ciento de recurrencia en todo tipo de cánceres. Así, sin más. ¿Y en qué basa sus teorías? Por ejemplo, en que los animales en estado salvaje “no comen alimentos cocinados. Más aún, no comen alimentos refinados ni procesados”. ¿Necesitan más pruebas? Observen la naturaleza y asuman que el consumo de carne no influye en el vigor y el tono muscular: “Uno pensaría que los leones, al ser carnívoros, tendrían músculos extraordinarios. Sin embargo, en realidad, los herbívoros como los caballos y los venados tienen músculos mejor desarrollados que los leones […] También es falso cuando se nos dice que no creceremos más altos si no comemos carne. Los elefantes y las jirafas son muchas veces más altos que los leones y los tigres y son herbívoros”. El hecho de que sean especies distintas es un detalle insignificante.

Lamentablemente, este tipo de ensayos (y el poco cuidado que suelen dispensarles las grandes editoriales) desacreditan a los libros de divulgación, que nos parecen necesarios. Solo nos queda aprovechar estos textos deficientes para ejercitar el pensamiento crítico. Y es que hay algo fundamental en nuestra dieta: no comulgar con ruedas de molino.

0 comentarios

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *