Manu, de Manuel Jabois

Manu, de Manuel Jabois, Ed. Pepitas de Calabaza. 2013. Tapa blanda. ISBN 9788415862048. 124 págs. 10,00 €

Tengo debilidad por la Ed. Pepitas de Calabaza. C’est tout. Ni alardeo ni lo oculto, ni siquiera los conozco personalmente. Pero hete aquí que hace unos días, en la Feria del Libro, en la caseta de la librería Antonio Machado, vi que firmaba Manuel Jabois. Ya tengo contado aquí (como diría el ínclito columnista) que me gusta cómo cuenta las cosas y por eso hablamos en su día de Irse a Madrid y del prólogo de Camba.

Dudé mientras fingía interés en otras casetas cercanas. El fenómeno “groupie-fan” es siempre un pelín lamentable, pero a partir de cierta edad, y en el contexto de “jaula de zoo”, porque realmente los escritores asomados en las casetas de la Feria se asemejan un poco a eso, pues no resultaba muy tentador. A pesar del párrafo que acabo de escribir, me acerqué, compré y le hablé.

Compré “Manu”, este alegato pretendidamente tranquilo y desmitificador de la experiencia de ser padre. Hace unos meses nació su hijo y el libro nos cuenta desde el momento en el que fue concebido hasta sus pataleos junto a su mesa de ordenador. Y digo pretendidamente porque me ha emocionado alguna de las reflexiones de infancia (la que fue y la que viene), por conocidas y manidas, pero que tal vez, al lado de tanta historia un poco bruta y directa, no haya hecho más que engrandecerlas.

Hay abierta una intimidad que no da pudor leer. Que está contada con elegancia y sinceridad y por eso no provoca curiosidad alguna. Curiosidad morbosa, quiero decir. También cuenta Jabois cómo llega a Madrid, a El Mundo, a los congresos y premios (que por cierto este libro también lo tiene: el XIX Premio Café Bretón & Bodegas Olarra). Parece un relato anecdótico y lleno de casualidades, y de nuevo me parecen pretendidas porque él quiere escribir y ser leído. Y vaya si ha salido a la primera, casi como con “Manu”.

Es Jabois, escribiendo bonito, sin aparente trascendencia en las primeras palabras y al final del párrafo, no sólo era bonito sino que era importante y cuadraba. Incluso cuando se le cuela un “me se empezaba a levantar resaca” (p. 26). Seis paradas de metro me pasé cuando empecé el libro y no fue sueño.

 

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