Por qué me comí a mi padre, de Roy Lewis

Por qué me comí a mi padre. Roy Lewis. Traducción de Ismael Attrache. Editorial Contraseña. 2012. Tapa blanda. ISBN: 9788493930851. 192 págs. 16 €.

Hace unas semanas me levanté más sapiens que de costumbre y puse rumbo al Museo de la Evolución Humana, en Burgos, un fantástico centro de divulgación y conservación. En sus salas —que, acertadamente, responden a una moderna concepción de la museología— pude admirar muchas de las piezas originales encontradas en Atapuerca. Además, tuve la inmensa suerte de conocer a Miguelón, un Homo heidelbergensis de muy buen porte que me recomendó Por qué me comí a mi padre, de Roy Lewis (publicada originalmente en 1960). Harta como estoy de críticos literarios sin opinión y sin criterio, Miguelón ha pasado a compartir cátedra con mi admirado Manuel Rodríguez Rivero.

Y es que esta novela prehistórica es realmente divertida. Ambientada en el centro de África —a un tiro de piedra del monte Kenia— en el periodo terciario (los protagonistas, atribulados, dudan de si están en el Pleistoceno o en el Plioceno), Por qué me comí a mi padre narra las aventuras de una horda de homínidos en pleno proceso de evolución. Edward, el líder de la horda, es un visionario que se atreve con todo y que lucha contra el instinto de volver a la locomoción cuadrúpeda, mientras que su hermano Vania considera que está imprimiéndoles una velocidad letal a los acontecimientos y añora vivir como un simio arborícola.

A todo esto, el narrador es Ernest, hijo de Edward, y el tono del relato es básicamente este: “Las molestias gástricas nos agriaban el carácter; el gesto malhumorado y sombrío de los pioneros homínidos de la etapa primigenia se debía menos a un talante taciturno o salvaje que al estado de las paredes estomacales de dichos pioneros”. Pleistoceno en estado puro matizado con el más jocoso humor inglés.

Podríamos darles las claves de la epopeya, explicarles cómo Edward consigue volcanes portátiles y acaba dominando (más o menos) el fuego, cómo la horda aprende a cocinar y da comienzo al arte figurativo, cómo el líder implanta la exogamia anunciando “hoy empieza la exogamia” y cómo castiga la insubordinación de sus vástagos mandándolos a tallar sílex. Pero lo cierto es que lo mejor que pueden hacer es trasladarse a la prehistoria por un rato. Y aunque el estilo de Roy Lewis es ingenioso y brillante, quizá la vívida descripción de un oso de las cavernas les haga valorar la advertencia de Ernest: “Para que luego digan que la inteligencia es mucho más valiosa que los músculos estriados y las garras retráctiles”. Aun así, no teman, las sonrisas y la evolución están garantizadas.

 

 

 

 

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