Hollywood y la mafia

Hollywood y la mafia. Tim Adler. Traducción de Jordi Planas. RobinBook. 2007. Barcelona. Rústica. ISBN: 978-84-96924-34-5. 320 págs. 21,00 €

La meca del cine, lejos de esa imagen idílica y casi épica que trasmiten los Óscar, ha sido y es lo más parecido a Sodoma y Gomorra. Eso debió de pensar Tim Adler cuando metió mano en los archivos originales del FBI y se entrevistó con unos cuantos antiguos fiscales del distrito de Los Ángeles que ejercieron en los 80. Al hacerlo, su intención no era otra que profundizar en un terreno que ya había sido explorado por muchos escritores para relacionar a la industria y a la mafia de los EE. UU. durante buena parte del siglo XX.

Este amor a primera vista, según su relato, nació con la visita de Al Capone a Hollywood en 1927. Llewella Humphreys, una de las supuestas hijas ilegítimas del gánster de gánsteres, desveló que fue su madre quien le sugirió la idea: “¿Por qué no nos metemos en ese negocio y así yo podré conocer a todo el mundo?”

Desde entonces, el cine ha servido al hampa para blanquear y hacer dinero de todas las formas imaginables (extorsionando a las estrellas y a los sindicatos de técnicos, sin ir más lejos). Unas prácticas que pronto imitaron los propios estudios. “Hasta la Segunda Guerra Mundial, tanto los jefes de la Metro-Goldwyn-Mayer como de la 20th Century Fox estuvieron robando millones de dólares provenientes de la recaudación de taquilla de manera muy parecida a cómo la mafia “birlaba” dinero de los casinos de Las Vegas en la década de 1960”. En los 70, “se sabía que los estudios debían a los actores cientos de miles de dólares y que les pagaban de mala gana la mitad de lo que les debían y luego le decían al actor que los demandara por el resto. El estudio sabía que el actor nunca los demandaría por el miedo a no trabajar”.

Los trece capítulos que componen Hollywood están llenos de datos conocidos y contrastados, como estos, que en su mayor parte no asombran demasiado (ni siquiera lo hicieron en el 2007, fecha de su publicación). Otros, antes, ya lanzaron la teoría de la conspiración sobre la muerte de Marilyn, y siempre se ha sabido que Sinatra profesaba una admiración casi infantil por los grandes hampones y que les prestaba “servicios especiales”, por nombrar solo dos ejemplos que se citan en el libro. El periodista es sincero y advierte que su investigación “solo añade un grano de arena o dos al enorme silo de material publicado”.

Adler también considera que los materiales de las fuentes son “un palimpsesto de grandes dimensiones, de medias verdades y mentiras”. Hay que reconocer el esfuerzo que supone manejar tanta información, aunque a veces no lo haga con toda la soltura que debiera; algo que revierte negativamente en algunos pasajes y que se agrava con una traducción irregular.

Uno de los aspectos más interesantes del relato de Adler pasa por el análisis que hace sobre la influencia estética entre los dos mundos. Según el autor, el arte imitó a la vida, pero sobre todo, la vida imitó al arte. Un hecho que corroboraron con mucha guasa hasta los propios capos. En un juicio celebrado en los 90, aseguraron que todo lo que sabían sobre la mafia lo habían aprendido de las películas y de las series de televisión.

Febrero huele a corrupción y a cine. No hace falta ser un analista político ni un cinéfilo para saber que en este mes hay mucha tela que cortar en ambos artes. Habrá que estar atento y ver quiénes se llevan los premios. Mientras, para entrar en ambiente, les recomendamos este libro, especial para principiantes y cotillas redomados.

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