Los helechos arborescentes, de Francisco Umbral

Los helechos arborescentes, de Francisco Umbral. Ed. Argos Vergara, 1980. ISBN 84-7017-900-4. 238 págs. 1,90 €.

El precio está bien puesto. Al menos es lo que pagué en Alcaná Libros. Y si quiere hacer lo propio, puede mirar en la página de Iberlibro (la editorial de Argos Vergara ya no existe y fue adquirida por Ediciones B) y ver cómo encontrarlo a un precio similar. Si no gusta de libros usados, circula la edición de la editorial Planeta, del año 1999 por unos 14.00 euros. Fin de la acotación del PVP y del entramado editorial.

Reseñar a Umbral. Reseñar Umbral. Dudo ya hasta a la hora de poner preposiciones. Por algo él escribió “La noche que llegué al Café Gijón” (sin “en” delante del pronombre). No me atrevo a decir mucho sobre esta novela, aparte de invitar a leerla. Me gusta tanto cómo escribe Umbral, así en presente, que no encuentro tacha. Que se repita su estilo, que se repitan sus dejes es forma de recordarlo, a falta de la columna diaria.

En esta novela, el título es sumamente orientativo. No es tratado de botánica, sino título que cualquiera le pondría si quisiera hablar de las memorias mágicas de un niño intemporal. Francesillo, el niño narrador, va desde el Siglo de Oro hasta la Guerra Civil y vive en un prostíbulo, acompaña entierros o vive con su familia acuartelados con los militares. La descripción de personajes y ambientes que le han importado (niñez en Valladolid) o que han sido importantes en la historia de España. Todos quedan expuestos y listos para ser mezclados y llevados de un siglo a otro, para hablar de religión y muerte. No importa, no estoy buscando una ilación cronológica. Estoy disfrutando de su manera de describirlos, de observarlos en sus maneras, gestos y brutalidades. Decía que Francesillo crece en la Historia de España y lo hace más de seguido en el prostíbulo de Valladolid, rodeado de las mujeres que lo hacen crecer y le enseñan las faldas y las verdades: Sussona, la fermosa fembra, Carmen la Galilea, para mí una madre, una amiga, una amante, una puta deleitable, un amor (pág. 217). Y de ésta última dice: De tanta reflexión histórica me curaba la Galilea con una vegada a tiempo, coito que ella conducía, o con una felatio larga y cálida que la dejaba abierta, tendida y espabilada como una era muy visitada por los luceros (p. 218).

Lo cual que, léanlo.

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