Boltanski y los libros voladores

Gracias a Estrella de Diego llegamos al trabajo de Boltanski en Buenos Aires. No están los tiempos como para ejercer de culturetas más allá de nuestras fronteras (si se descuidan, más allá de las fronteras de la comunidad autónoma de cada quién), así que les recomendamos satisfacer su espíritu aventurero mediante las visitas virtuales sugeridas en la web.

El artista francés ha llevado a la capital argentina una buena muestra de sus características instalaciones. Para lo que aquí nos ocupa —los libros, no lo olviden—, nos interesa la que levantó en la antigua Biblioteca Nacional de Buenos Aires, actual Centro Nacional de la Música. Siempre habrá alguno que ponga el grito en el cielo por el uso de libros en una intervención artística; aquí los consideramos contenedores, objetos técnicamente perfectos, fuente de grandiosos momentos de placer (y de memorables ratos de aburrimiento), pero no los consideramos sagrados, así que nos habría gustado poder desplazarnos hasta la calle México de Buenos Aires para dejarnos seducir por estos libros voladores.

Boltanski planteó la instalación como un homenaje a Borges. Cerca quedan otros homenajes menos venturosos, de los que no guardamos buen recuerdo. El ya clásico autor de Ficciones fue director de la Biblioteca Nacional entre 1955 y 1973. Por aquel entonces, su progresiva ceguera prácticamente le impedía distinguir más letras que las de los lomos y las cubiertas, lo que él consideró una extraña ironía: tener el paraíso al alcance de la mano y no poder disfrutarlo plenamente. Así lo expresó en su Poema de los dones: “Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche. // De esta ciudad de libros hizo dueños / a unos ojos sin luz, que sólo pueden / leer en las bibliotecas de los sueños / los insensatos párrafos que ceden / las albas a su afán. […]”.

Nos resulta fácil comprender el horror, y por eso mismo nos gusta el homenaje de Boltanski, tal vez porque propone dejar volar la imaginación y —quién sabe— permitir que nos traslade a las bibliotecas de los sueños.

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