Las heridas, de Norman Bethune

Las heridas. Norman Bethune. Traducción de Natalia Fernández Díaz. Pepitas de Calabaza. 2012. Tapa blanda. ISBN: 9788494029639. 116 págs. 10 €.

A estas alturas de la novela, ya sabrán que no nos gustan los libros que nos dejan indiferentes. Preferimos los textos que nos agitan, nos sacuden, nos despiertan de nuestra cómoda siesta. En el caso del libro que reseñamos hoy, además, las heridas de las que habla Norman Bethune son heridas abiertas.

Nacido en 1890 en el seno de una familia canadiense de profundas convicciones religiosas, el doctor Bethune eligió la medicina como camino para servir a los desheredados. Las reflexiones recogidas en Las heridas —articuladas en tres bloques— están escritas con la clarividencia que da enfrentarse diariamente a la muerte.

El primer texto, en el que se defiende una atención médica universal, resulta de una actualidad escalofriante. Bethune asume que la protección de la salud debería ser la primera obligación del Estado para con sus ciudadanos. “La medicina, como la practicamos, es una mercancía de lujo. Vendemos pan a precio de diamante”.

En el segundo texto, “La carretera de Málaga”, Bethune narra su experiencia en un terrible suceso de la guerra civil española: la masacre por parte de las tropas fascistas de cientos de civiles que huían hacia Almería, en lo que se conoció como La Desbandá. El papel que jugaron en este episodio la aviación alemana y los barcos italianos es conocido; también lo son los intentos de Bethune de paliar el horror. Y es que hasta hace poco —como muestra el documental La Carretera de la Muerte, dirigido y presentado por Juan Madrid, un viejo conocido nuestro— aún quedaban testigos de los esfuerzos del médico canadiense.

Las reflexiones de Bethune estremecen; ya en Almería “no llegaba ningún sonido de bomba desde el puerto. ¡A los bombarderos no les interesaba el puerto! Perseguían presas humanas. Perseguían a los cientos de miles de personas que habían conseguido esquivarlos en Málaga, que rechazaron vivir con los fascistas […] el asesinato en masa únicamente exigía un mínimo de bombas… […] Un puerto no puede pensar, ni desafiar al fascismo, ni sangrar. Solo la gente tenía cerebro, corazón, valor. A matarlos, a mutilarlos, a mostrarles la inclemente garra del fascismo”.

Norman Bethune no se dejó amilanar por las derrotas en los distintos frentes, y en 1938 puso rumbo a China, donde se libraba la segunda guerra contra Japón. Y la indignación que siente, una vez más, ante el dolor humano nos deja fragmentos de una gran lucidez: “¿Qué aspecto tienen los enemigos de la raza humana? […] son gente respetable. Los llaman y se llaman a sí mismo señores […] Son los pilares del Estado, de la Iglesia, de la sociedad. Apoyan la caridad pública y privada con lo que les sobra de sus riquezas. Dotan de fondos a las instituciones. En sus vidas privadas son amables y considerados. Obedecen la ley, su ley, la ley de la propiedad. Pero hay una señal que define a estos pistoleros: amenaza con rebajar el beneficio de su dinero y despertará la bestia que hay en ellos, y lo hará con un rugido […] Son ellos los que causan las heridas”.

Víctima de una septicemia, Bethune encontró la muerte en China en noviembre de 1939. Su figura se mantiene con vida gracias a pequeños gestos, como esta edición de Pepitas de Calabaza. La vigencia de sus conclusiones también es notable: siguen siendo ellos los que causan las heridas.

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