Saber comer, de Michael Pollan

Saber comer. Michael Pollan. Traducción de Laura Manero Jiménez. Debate. 2012. Tapa blanda. ISBN: 9788499921730. 168 págs. 12,90 €.

El periodista Michael Pollan —autor de El detective en el supermercado— entra en nuestras casas por la puerta grande con Saber comer, 64 reglas básicas para aprender a comer bien. En consonancia con su consejo de volver a las dietas tradicionales y a la sabiduría popular, dedica este ensayo a su madre, “que siempre supo que la mantequilla era más sana que la margarina”.

Michael Pollan parte de dos ideas básicas: las poblaciones que siguen lo que se podría denominar dieta occidental (ya saben: muchos alimentos procesados, mucha carne, muchos azúcares y grasas añadidos, muchos cereales refinados y poca fruta y verdura) presentan altos índices de obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares y cáncer. Por el contrario, las poblaciones que siguen una dieta tradicional (sea esta cual sea, desde la mediterránea hasta la de los inuits) no suelen padecer tanto estas enfermedades crónicas. Parece sencillo, ¿no? El caso es que las instituciones y los nutricionistas se han lanzado como posesos a averiguar qué alimento o componente concreto de la dieta occidental es el que la hace tan perniciosa. Pollan —consciente de los desmanes de la industria alimentaria y de los millones que mueve el modelo dietético occidental— nos sugiere modificar nuestros hábitos y tener un poquito de sentido común.

Así, organiza sus recomendaciones en tres partes: “¿Qué hay que comer? (Comer comida)”, “¿Qué tipo de comida hay que comer? (Sobre todo vegetales)” y “¿Cómo hay que comer? (Con moderación)”. Y va desgranando joyas de este estilo: evita productos que contengan ingredientes que un niño de primaria no pueda pronunciar, evita productos que afirmen ser saludables (para muestra, un botón), come solo alimentos que acabarán pudriéndose —lo contrario, como han glosado reputados expertos, puede llegar a resultar inquietante—, si se llama igual en todos los idiomas, no es comida (y nos remite a los Big Mac, los Cheetos y las patatas Pringles), evita los productos light, desnatados y bajos en grasas, come animales que hayan comido bien y vegetales que se hayan cultivado bien, come despacio o no desayunes cereales que cambien el color de la leche.

En resumen, Michael Pollan nos propone que huyamos de lo que él denomina “sustancias comestibles con aspecto alimenticio”, esos productos altamente procesados que suelen anunciar en la televisión y que normalmente están envueltos en un par de capas de plástico. Sus sencillos consejos también nos permitirán superar la obsesión por la información nutricional y las calorías. Y es que, recuérdenlo, basta con que no coman nada que no les hubiera parecido comida a sus bisabuelas.

 

 

 

 

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