Yo y mi chimenea, de Herman Melville

Yo y mi chimenea. El pudín del pobre y las migajas del rico. Herman Melville. Traducción de Adrià Edo. Barataria. 2012. Tapa blanda. ISBN: 9788492979196. 110 págs. 10 €.

No es ningún secreto que la alegría me embarga cuando veo que algunas editoriales vuelven la mirada hacia los clásicos. En estos tiempos de sobreproducción editorial, Dickens, Twain, Pérez Galdós y otros muchos autores son garantía de acierto. En esta ocasión, la lectura me ha llevado a una casa peculiar y laberíntica; una casa aparentemente construida para alojar una chimenea desproporcionada. Algunos “estudiosos” han señalado que esta casa era la del propio Melville, Arrowhead, y que Yo y mi chimenea es una irónica respuesta al examen psiquiátrico al que se sometió el autor allá por 1852 por empeño de su familia. No nos corresponde a nosotras decidir si esa pirámide de Keops de las chimeneas representa la mente de Melville; lo que sí nos queda claro es que esa estructura maciza de doce metros cuadrados de base es la debilidad del narrador, un viejo señor de campo.

La chimenea parte del sótano y atraviesa la casa de arriba abajo como una imponente columna vertebral. Su dueño se enorgullece de que los muros de su casa estén desprovistos de hogares, de manera que todas las habitaciones pivotan alrededor de la única gran chimenea central, equivalente al fuego en los campamentos indios. Nada que ver, reflexiona el caballero, con esas casas plagadas de tiros y de hogares en paredes opuestas, que representan un sistema individualista, asocial, la antítesis de la fraternidad.

Pero, ¡ay!, la mujer de nuestro narrador —un hombre que se define como perezoso, feliz, inútil y vago, y que hace gala de un sabático horror al trabajo que lo fuerza a dar rodeos de quinientos metros con tal de evitar la visión de un hombre trabajando— es “una anciana otoñal con alma primaveral”, y en su hiperactividad sueña día y noche con derruir la chimenea. Averigüen ustedes mismos quién gana en esta singular batalla doméstica.

El segundo de los relatos que componen este volumen —El pudín del pobre y las migajas del rico— está protagonizado por un caballero que se enfrenta a dos situaciones desoladoras. Acuciado por un amigo para que compruebe que las pobres gentes viven bien con casi nada, se deja caer por la casa de un pobre leñador. Allí, en compañía del hombre y su mujer, tendrá la oportunidad de probar unas viandas que rayan lo repugnante. Apenado, reflexiona sobre los motivos por los que, en su opinión, los nativos norteamericanos pobres sufrieron más que los europeos, y concluye que la culpa es de unos peculiares principios políticos que “mientras elogiaban la dignidad de un americano próspero, no atendían a la creciente miseria de los desgraciados”. Vistas las aseveraciones iniciales de su amigo, nuestro caballero colige que “De todas las suposiciones absurdas de la humanidad sobre la humanidad, nada supera a la mayoría de las críticas [mejor “juicios”, en este caso] vertidas por los bien alojados, bien calientes y bien alimentados sobre los hábitos de los pobres”.

Meses después, en Londres, el narrador asiste a una segunda escena abrumadora. Al día siguiente de un banquete para príncipes y nobles en Guildhall, tiene la oportunidad de comprobar la bondad de espíritu y la generosidad que pueblan los corazones de la clase alta. En la inmensidad de la metrópoli, la miseria (que en el campo parece menor) enloquece. Así, nuestro buen caballero no puede evitar clamar al cielo, esperando que lo “guarde por igual del pudín del pobre y de las migajas del rico”.

Y esto mismo les deseamos nosotros a ustedes, que mantengan alejados los púdines de la miseria y los despojos de los poderosos, y que llenen sus días con buenos libros* y buenos alimentos.

* En este caso, no nos resistimos a tirar de las orejas a la editorial, que no ha cuidado la edición todo lo que debería.

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