Aguafuertes porteñas, de Roberto Arlt

Aguafuertes porteñas. Roberto Arlt. Enrique S. Rueda Editor. 2011. Tapa blanda. ISBN: 9789505640935. 160 págs.

Escribía Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942) que había acabado por resignarse y aceptar que él era Arlt, y que lo sería hasta que muriera. La resignación no quitaba que estuviera “encantadísimo con ser Roberto Arlt”, y en este punto no nos queda más remedio que alabarle el gusto.

Entre 1928 y 1935, Arlt publicó en el periódico El Mundo (el de allá, no el de estos lares) una serie de artículos realistas, casi costumbristas, muchos de ellos escritos en primera persona: las Aguafuertes porteñas. Es probable que el título nos lleve a pensar en Goya. Por si acaso somos comedidos, el propio autor enlaza su técnica con la de los grabados del zaragozano: “La calle, la calle lisa y que parecía destinada a ser una arteria de tráfico con veredas para los hombres y calzada para las bestias y los carros, se convierte en un escaparate, mejor dicho, en un escenario grotesco y espantoso donde, como en los cartones de Goya, los endemoniados, los ahorcados, los embrujados, los enloquecidos, danzan su zarabanda infernal”.

Aquellos textos han sido editados múltiples veces, en diversas antologías y bajo distintos prismas. La de Enrique S. Rueda es una selección como otra cualquiera (eso sí, incluye una introducción firmada por Onetti). La muestra es suficiente para emparentar las Aguafuertes con lo que posteriormente se denominó “Nuevo Periodismo”.

Evitaremos el tópico de subrayar lo actual que resulta la producción periodística de Arlt (vaya, tarde para evitarlo), y nos centraremos en lo que más nos interesa: el retrato que hace del Buenos Aires de los años treinta a través de las personas con las que se cruza. Así, nos ponemos en la piel del “hombre que busca empleo”, que constituye un tipo sui géneris; nos condolemos por las mujeres nacidas bajo el signo del trabajo, a las que les está vedada la felicidad; en verano, sacamos nuestra silla a la acera para comadrear en lunfardo; asumimos la avería que suponen los días tibios para los hombres que solo tienen un traje, y mal remendado, porque deberán desembarazarse del abrigo… Y fruncimos el ceño al reconocer a algún diputado ladrón o al identificar al hombre corcho, “el hombre que nunca se hunde, sean cuales sean los acontecimientos turbios en que está mezclado”. Nos recuerda Arlt que “cada ventana iluminada en la noche es una historia que aún no se ha escrito”; solo hacen falta escritores dispuestos a hacerlo, escritores que “para decir que un señor se comió un sándwich, operación sencilla, agradable y nutritiva” no tengan “que emplear todas estas palabras: y llevó a su boca un emparedado de jamón”.

Roberto Arlt también paseó por España con su aguja de grabar, y reflejó sus impresiones en las Aguafuertes españolas. No sabemos si recomendarles estas o aquellas. En cualquier caso, tengan en cuenta que “aquel que no encuentra todo el universo encerrado en las calles de su ciudad, no encontrará una calle original en ninguna de las ciudades del mundo. Y no las encontrará porque el ciego en Buenos Aires es ciego en Madrid o en Calcuta”.

 

 

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