Sánchez espera su hora

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Aquí no ha pasado nada. Se acabó la diversión, se acabó el lío ganadero de Garzón, porque llegó el comandante Sánchez y mandó parar. E impuso la ley del silencio porque Pablo Iglesias le enseñó los colmillos desde el borde del área, Yolanda se puso las pilas porque empezó rezagada y los ministros de Presidencia, Portavoz y Agricultura, los que criticaron a Garzón hicieron mutis por el foro y se acabó el carbón.

Alguien, probablemente Yolanda, le debió decir a Sánchez que si cesaba a Garzón la coalición se rompería y no habría ‘reforma laboral’ ni las leyes que, como la de Vivienda, están pendientes de su tramitación.

O sea, que sonaron las alarmas como las trompetas de Jericó y Sánchez se avino al armisticio y dejó que se saliera con la suya el ministro Garzón. Quien para celebrarlo se fue al campo a visitar granjas ecológicas y a hacerse unas fotos con ‘la vaca que ríe’, la de los quesitos en porciones.

Sánchez se envaina la cimitarra y chuletones y pelillos a la mar. Y el ministro Planas a tragar Quina Santa Catalina y a callarse como un muerto porque en La Moncloa han decidido que ‘no está el horno para bollos’. Y que el lío de Garzón y de la crisis interna de Gobierno estaba dándole alas a la campaña electoral del PP en Castilla y León en el beneficio de Mañueco y de Casado.

Y como aquella frase que la Biblia atribuye a Jesús, Sánchez resignado dijo para sus adentros: ‘aún no ha llegado mi hora’. Y gravó a sangre y fuego en la parte de su memoria donde guarda en frío sus venganzas pendientes el ultimátum que le acaba de dar Podemos a propósito de Garzón.

Convencido el presidente que tendrá otras ocasiones para romper e imponer  su primogenitura en el Gobierno. El que más que de coalición ahora parece ‘bicéfalo’, la Hidra de las dos cabezas con sus alargados cuellos enredados entre sí y sus afiladas mandíbulas amenazándose mutuamente.

Sánchez sabe esperar y vengarse como lo demostró tras el golpe de mano que Rubalcaba, Susana y González le organizaron en Comité Federal del 1 de octubre de 2016, que le obligó a dimitir. Pero él volvió a las primarias, vio y venció, recuperó la secretaría general, y no dejó títere con cabeza entre los que fueron sus adversarios en aquella conspiración. La de ‘Los Idus del 1 de Octubre’ como la llamó en un certero ensayo Josep Borrell.

El Gobierno de coalición está muerto aunque siga en pie, pero falta que el presidente firme el certificado de defunción. Para lo que deberá encontrar el momento más propicio a fin de que el muerto, o la expulsión de UP del seno del Gobierno, más que un crimen parezca un suicidio colectivo de todos y cada uno de los ministros de UP. Y a buen seguro que habrá oportunidades porque los de UP son de traca y no tardarán mucho en disparatar otra vez y en hacer ruido como Garzón.

Pero mientras tanto ‘laissez faire, laissez passer’ a la espera de una buena y mejor ocasión que sin duda llegará para el deleite de Sánchez y el final de la coalición.

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