Arrimadas no sabe qué hacer ni qué decir

A Inés Arrimadas se le acumulan los problemas porque se muestra incapaz de tomar una ‘decisión decisiva’ para el presente y futuro de Ciudadanos. Un partido inmerso en una serie de implosiones en cadena -la última en Aragón- que probablemente acabarán, sí Arrimadas no reacciona, en una traca final con la ruptura de Cs en Andalucía (donde perdieron Granada) y en Madrid, a nada que Juan Marín y Begoña Villacís se pasen al PP.

Tras el fracaso electoral en Cataluña (14-F) y hundimiento en Madrid (4-M), provocado por la suicida moción de censura en Murcia, Cs no ha dejado de caer en las encuestas (salvo en la del inefable Tezanos en el CIS porque los utiliza para justificar la resistencia de Sánchez frente al PP) y todo apunta a que en las futuras elecciones Cs no pasará del 2 % en la intención de voto y esos sufragios se perderán.

Lo que supone que, en las próximas elecciones generales, Cs no logrará ni un solo diputado. Ni siquiera Arrimadas por Madrid, lo que los llevaría a ser un partido extraparlamentario camino de la disolución. Como en su día le ocurrió al CDS de Adolfo Suárez (cuando ya no estaba Suarez) o a la UPyD de Rosa Díez. Otra dirigente política soberbia y políticamente ciega como lo estuvo Albert Rivera, dilapidando ambos la gran oportunidad de consolidar el centro político español.

Y ¿qué puede hacer Arrimadas en este momento, mientras su partido se desangra en dirigentes, cargos públicos, militantes y votantes? Pues para empezar convocar un Congreso extraordinario de Cs con las únicas tres opciones posibles: resistir hasta la paulatina extinción a ver si suena la flauta de la recuperación; negociar con el PP una integración honorable con las garantías y compromisos centristas que se duren a sus dirigentes presencia en la organización, gobiernos y y las listas electorales del PP; o reconvertir el partido, hasta mejor ocasión, en un centro de debate o Fundación para ‘la sociedad civil’.

Lo que no puede hacer Arrimadas es seguir así y no hacer nada, porque sus públicas declaraciones y las de Edmundo Bal en el Parlamento y ante los medios de comunicación parecen más bien ‘apariciones’ de dos zombis. O dos hologramas de dirigentes de un tiempo pasado, lo que induce a pensar que lo que dicen por más que suban el tono no representa a nadie ni tiene la menor y pública utilidad.

Salvo que esas declaraciones de Arrimadas y Bal, habitualmente en contra de Sánchez, provoquen la indignación de sus ex votantes que aún siguen sin entender el por qué: Arrimadas se fue a Murcia de la mano de Sánchez; cómo no imaginó lo que les iba a pasar en Madrid; y cómo desconocían lo que en Murcia estaba pasando entre los dirigentes de Cs.

Tres incógnitas lo suficientemente sencillas de despejar como para que el 4-M por la noche, tras el hundimiento electoral de Cs en Madrid (de 26 a cero escaños) Arrimadas hubiera presentado la dimisión, como lo hizo Rivera el 10-N de 2019, o Iglesias, con menos motivos, en la noche electoral del 4-M.

Pero ¿de verdad cree Arrimadas que Cs se va a recuperar? Pues si lo cree es que ha perdido la cabeza y no es así su obligación es ofrecer una salida razonable y digna a los militantes y dirigentes de su partido antes que ellos se vayan solos y de uno en uno en pos de un nuevo horizonte o proyecto político porque la naranja se les ha quedado seca y ya no da más de sí.