Claro que hay vida en Marte

La carrera espacial hacia Marte está fascinando a los ciudadanos de este Planeta Tierra, todavía azul pero muy deteriorado. Basta ver las imágenes que desde un luminoso valle del ‘planeta rojo’ han llegado a nuestro diario y en las que se ve la nueva sede del PP de Pablo Casado y a Echenique con su ‘rover’ particular buscando apoyo entre marcianos en favor del fascista Hasel.

En nuestro Planeta Tierra no podemos con el virus de la maldita pandemia, ni con el hambre y la postración de cientos millones de ciudadanos y ya estamos gastando unas ingentes sumas de dinero en la exploración espacial a ver si descubrimos El Dorado, la piedra filosofal o el bálsamo de Fierabrás.

Pero desde que Julio Verne clavó un cohete en un ojo de la platónica Luna -‘la luna vino a la fragua con su polisón de nardos’- el hombre y la ciencia no han dejado de soñar y de investigar en pos de la conquista del espacio.

Y de encontrar vidas y civilizaciones en el Universo infinito lo que preocupa y mucho y con razón a todas las religiones, del cristianismo al Islam, dado que de confirmarse la existencia de la vida en otros planetas podrían entrar en revisión los libros sagrados (empezando por El Génesis) y los dogmas y los relatos que las han amparado desde hace sólo poco más de 2.000 años.

Una nimiedad en la edad de las galaxias y constelaciones varias que todavía la ciencia, perdida en el último rastro de los agujeros negros de Hawking, no ha podido descifrar.

Y ojalá que ese fascinante robot espacial de USA que es el ‘Perseverence’ nos traiga a la Tierra desde Marte algún escarabajo como los que adornaban las tumbas de los faraones.

O un gusano de seda, de cuyos telares salían fastuosas túnicas con las que se engalanaban las princesas y concubinas de la Ciudad Prohibida de Pekín y hermosas guerreras de los generales de los soldados chinos, como lo que se encontraron en terracota en la ciudad de Xian.

O una ‘mariposa monarca’ de esas que emigran por millones de Canadá a México en pos de un ámbito cálido cuando el invierno se acerca a su hábitat inicial. Y cuyas antenas están conectadas a un mágico geolocalizador que las guía en su multitudinario viaje, como el que también suelen hacer en el mar las ballenas, las tortugas y los delfines, y por el aire miles de flamencos rosados que vuelan desde los humedales de Europa al África central.

Para encontrar vida en Marte habrá que encontrar agua. Y para ello puede que haya que excavar. Y no sabemos si en esta oleada de tres naves árabe, china y americana, se han llevado las herramientas pertinentes para explorar bajo la superficie del planeta rojo.

Porque probablemente ese puede ser el lugar donde se puede encontrar alguna respuesta al cúmulo de preguntas que todos nos hacemos con la esperanza de que esta carrera a Marte nos aporte conocimientos y algo de felicidad.