Pasqual Maragall y el ‘Estado residual’

El expresidente de la Generalitat (2003/2006) Pasqual Maragall cumple 80 años y es objeto de homenajes en Barcelona donde vive aquejado de una larga e irreversible enfermedad. Y grandes elogios le han hecho en el diario La Vanguardia de Barcelona. Un periódico ambiguo que deambula entre el separatismo y el catalanismo vergonzantes, según vaya el viento y en cada caso lo decida el Conde de Godó.

Lo que no dice el diario de Godó es que Maragall (que fue un buen alcalde de Barcelona) es quien inoculó, tras la senda del corrupto Jordi Pujol, en Cataluña y en el PSC, el veneno del separatismo y la fractura del país. Al aprobar Maragall, con la ayuda del dañino presidente Rodríguez Zapatero, el Estatuto de 2006 que era claramente inconstitucional, aunque lo aprobó el Congreso con ayuda del PSOE y se ratificó un referéndum catalán.

Lo que no impidió su rectificación posterior por el Tribunal Constitucional, lo que sirvió de excusa para el fallido golpe de Estado catalán de 2017, del que gran responsabilidad en su origen tienen Pasqual Maragall y el PSC, que han llevado este país al desastre democrático, institucional y económico.

Y buena prueba de las intención separatista de Maragall se vio cuando, pocos días después de aprobarse el Estatuto de 2006, alardeó sin rodeos de su inconstitucionalidad declarando el día 10 de octubre de 2006 en Sant Jaume de Fontanyá: ‘tenemos una nueva Constitución en Cataluña, la ley que siempre hemos querido, que permitirá a Cataluña hacer lo que quiera, porque el Estado será ahora prácticamente residual’.

No fue así. El Tribunal Constitucional rectificó el Estatuto de 2006 y el mes de octubre de 2017, ante el intento de golpe de Estado organizado por la Generalitat que presidían Puigdemont y Junqueras, el Gobierno de España aplicó el artículo 155 de la Constitución en Cataluña, disolvió el Parlament y destituyó el Gobierno de la Generalitat. Luego, nada de Estado ‘residual’.

Y ahora, en las vísperas de las elecciones autonómicas catalanas del 14-F, bajo la tormenta climática y el furor de la pandemia que asola una Cataluña dividida y arruinada (por el populismo municipal de Barcelona y la fuga de miles de empresas e inversores), resulta que los delirios de Maragall y su abandono de España y del catalanismo han llevado Cataluña a un callejón sin salida con involución democrática y recorte de las libertades.

Y con un mapa político de difícil gobernanza que, según la reciente encuesta de GAD3, dejará tras el 14-F dos opciones al Gobierno de la Generalitat: el regreso del gobierno golpista de los Junqueras y Puigdemont, uno preso y otro prófugo y enfrentados entre sí; o un gobierno de la izquierda populista y soberanista de ERC, PSC y Podem. Una vez que los errores de Cs reducen la presencia de este partido en Cataluña a solo 13 escaños, un tercio de los 36 que tenían en 2017 cuando ganaron las elecciones.

En Cataluña se agrede y discrimina a los ciudadanos españolistas, incluso a los niños en las escuelas. Se acosa a empresarios, comerciantes e incluso a los funcionarios, se margina la lengua castellana del Estado y no se respeta la ley ni la vida democrática. Y se mantienen las mentiras de siempre (como las de Trump en EEUU) sobre España y Europa, la xenofobia anti española y el nacionalismo exacerbado que, como dijo Mitterrand, ‘conduce a la guerra’ como bien se sabe en Europa.

Y cómplice de todo ello han sido en Cataluña, como en USA, los burgueses ‘apaciguadores’ del golpismo y separatismo, La Vanguardia ahí incluida. Y el desistimiento democrático quitando importancia a las agresiones (y también a la violencia en Barcelona), las ilegalidades, delitos y el acoso a la libertad.

Y esto lo consiente el PSC que abanderó Maragall y ahora pide el indulto para los golpistas del 27-O, con el beneplácito del Gobierno de coalición de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. El que, tras los comicios del 14 de febrero, tendrá que optar entre: conceder la autodeterminación a Cataluña en contra de la Constitución como lo propone Iglesias; o un nuevo 155 y la represión de otro golpe independentista como el que anuncian que volverán a intentar Junqueras y Puigdemont.

Sin que nadie en el nacionalismo moderado catalán reconozca en voz alta y de manera contundente la inviabilidad y el fracaso del procés, y sin que el catalanismo, ahora residual, abandere sin más complejos la lucha contra la intransigencia, la fractura catalana y el regreso a la España democrática y europea de la que nunca se debieron de apartar por una senda que abrió Maragall con su Estatuto inconstitucional y con su discurso equivocado del ‘Estado residual’.