Pablo Iglesias, furioso y acorralado

El disfrute del poder Ejecutivo tiene en nuestro país enormes ventajas, pero también incluye servidumbres y una clara exposición ante la opinión pública y los medios de comunicación, y por supuesto está sometido al control del Parlamento y al imperio de la Ley.

Y en el caso que nos ocupa de la imputación de Podemos y de los casos varios de investigación judicial sobre este partido, incluido el propio Pablo Iglesias a propósito del teléfono de su colaboradora Dina Boussellham, con mayor motivo. Porque el primer dirigente de Unidas Podemos ha sido en los últimos años el azote puritano de los Gobiernos de Mariano Rajoy y de los casos de corrupción del PP.

Y también ha atacado de inmisericorde manera a los medios y periodistas críticos con él y con su partido o con el actual Gobierno de coalición. Al mismo tiempo Iglesias no ha dejado de descalificar a la Justicia española y se ha puesto del lado del golpismo catalán y de sus dirigentes condenados por sedición y malversación, y para los que el vicepresidente del Gobierno Iglesias pide indultos a Pedro Sánchez.

Pero ahora Iglesias ha pasado del ataque a la defensiva y de dar órdenes a tener que dar explicaciones que es lo peor que le puede ocurrir a un político.  Máxime si está en el Gobierno y si no que se lo pregunte a su compañero de Interior Grande-Marlaska.

Y, aunque Iglesias afirma que está ‘a disposición de la Justicia’, lo que de verdad está es enfurecido porque existen indicios de irregularidades en UP por los que su partido ha sido imputado.

Y porque hay uno o más testigos de cargo en su contra, como el ex jefe jurídico de UP, José Manuel Calvente, al que Iglesias quiso destrozar con una falsa acusación de ‘acoso sexual’ a una militante de UP, que ha sido rechazada y archivada por la Justicia.

Y por ello, ahora y tras unos días de llamativo silencio, Iglesias denuncia ‘unas falsas acusaciones’ sin fundamentos ni indicios, un ‘juicio mediático’ en su contra y contra de Podemos, e incluso habla de represalia política de la derecha como respuesta a sus reciente denuncias de la fortuna opaca de don Juan Carlos y de su reivindicación de la causa republicana.

En realidad, Iglesias no es trigo limpio ni democrático como lo demuestran sus connivencias con la trama golpista catalana y sus especiales relaciones con Irán y las dictaduras de Venezuela y Bolivia (en tiempo de Morales) y, ahora, se está bebiendo su propia medicina e interpretando el papel del cazador cazado, o al menos acorralado.

Además Pablo Iglesias es el autócrata y único dirigente de Podemos porque ya se encargó él de depurar al resto de los fundadores y ex dirigentes de UP,  a los que arrinconó y acabó echando de su partido, como les ocurrió a Íñigo Errejón, Carolina Bescansa, Sergio Pascual, Manuel Alegre, Tania Sánchez, Rita Maestre y Ramón Espinar, entre otros.

Los que estarán viendo sin pena al autoritario Pablo Iglesias desconcertado y desarbolado. Y al que la oposición le pide que salga del Gobierno mientras en su Gobierno Sánchez, y sus ministros del PSOE, están preocupados y a la vez disfrutando de ver a su ‘socio de coalición’, que tantos problemas les ha creado, a la defensiva y políticamente muy tocado.

No sabemos cuándo y cómo acabará la investigación judicial y mediática sobre Iglesias y UP pero si sabemos que él y su partido se han desgastado en los últimos meses a gran velocidad. Y que ese deterioro coincide con su reciente batacazo electoral en Galicia y País Vasco y con los problemas que tiene en muchas de sus llamadas ‘confluencias’ en Andalucía, Galicia, País Vasco, Castilla La Mancha, Cataluña y por supuesto en Madrid.

Estamos ante el enésimo caso de la ceguera que produce a los políticos los destellos que reciben cuando llegan al poder. Y con mayor motivo en un personaje como Iglesias que no cree en la democracia ni en la libertad, que desprecia la Transición española y la UE y que no tiene más proyecto para España que su permanencia personal en el poder.