Parásitos, violencia y glamour

Los Oscar son la ceremonia donde los actores de la izquierda más famosa del cine americano desfilan ataviados con vestidos y trajes espectaculares, los más caros del mundo y con joyas exuberantes (privadas o prestadas) para que el público vea a sus héroes de Hollywood como auténticos Reyes, Reinas, Príncipes y Princesas, los amos del Glamour, a pesar de que la gran mayoría de los triunfadores lo son con películas y guiones donde impera sin recato alguno la violencia.

La misma que en la asombrosa película surcoreana le ha otorgado dos de los grandes premios a ‘Parásitos’, y también a Joaquín Phoenix y a Brad Pitt, por ‘Joker’ y ‘Érase una vez… Hollywood’, y la misma violencia que dejó a todos los españoles -como a ‘El Irlandés’ de Martin Scorsese- sin premio alguno. Solo el encanto de René Zellweger rompió la racha interpretando a Judy Garland.

Y cuando terminan la ceremonia y las fiestas posteriores, como en el cuento de la Cenicienta, las largas limusinas se convertirán en calabazas y todos los asistentes regresarán a los vaqueros y las zapatillas, a la espera de un guión que les ofrezca una nueva oportunidad para volver a desfilar.

La fábrica de sueños de la gran pantalla ya no es lo que era ni lo volverá a ser. La muerte de Kirk Douglas ha cerrado la saga del ‘Ocaso de los Dioses’ y además las nuevas productoras tecnológicas de Netflix, Amazon, Google y otras, empiezan a destronar a Hollywood y puede que pronto nos ofrezcan unos premios del cine global y mundial, donde estén representados todas las sensibilidades y tendencias del mundo entero.

De momento, las series de éxito se han convertido en una exitosa novedad que resta muchos espectadores al cine tradicional, llamado a desaparecer aunque se resiste como gato panza arriba, como se resisten a desaparecer los diarios de papel. Pero ambos se reducirán a corto plazo a los fines de semana. Sin embargo esta vez ha sido una película extranjera la que por fin ha roto la tradición de una victoria nacional americana.

Pero sin perder el ámbito de lo íntimo y sencillo y a la vez lo trágico y lo cómico, para acabar con su dosis tradicional de violencia. La que no deja de sorprender que sea la temática reina en esta fábrica que, finalmente, es más de terror que de sueños.

Y que no cesa de dar malas buenas ideas a los delincuentes de todo el mundo y a jóvenes y nuevas generaciones. Los que empiezan su curso de violencia particular con los tremendos videojuegos de los llamados deportes electrónicos.

Miren las películas y los primeros actores nominados y vencedores de los Oscar de 2020, todas ellas marcadas por la máxima violencia: ‘Joker’, ‘1917’, ‘El Irlandés’, y ‘Érase una vez… Hollywood’. Esta última es la película del director Quentin Tarantino, en cuya fama se incluyen ríos gratuitos de sangre que además causan mucha risa.

Es verdad que también aparecen en Hollywood historias sencillas, tiernas, románticas y muy bien contadas por directores y actores magistrales en pequeños y grandes papeles que escritas están con letras de oro en la Historia del cine.

Pero la hipocresía del Glamour de Hollywood y el canto habitual y general a la violencia, con su epílogo natural de la venganza (‘Sin perdón’) de muchas de las películas, se convierten en un nefasto decorado que quita realismo y credibilidad (la vida en general no suele ser así) y rebaja el nivel del buen cine de antaño, de las grandes superproducciones épicas (Espartaco) y de las historias contadas en blanco y negro que nunca volverán ni se olvidarán.