El protocolo fantasma

Pedro Sánchez está eufórico y no para de sonreír pero ya veremos quien ríe el último, y si Pablo Iglesias no acaba llorando como Boabdil al entregar las llaves de Granada el ‘cielo terrenal’ de su majestuoso poder, que dejó a sus espaldas al traspasar ‘La Puerta de los siete suelos’ que se cerró así y para siempre al inicio del destierro del último Rey nazarí.

Se cuenta en este agitado tiempo de tribulaciones y mudanzas políticas que al vicepresidente Pablo Iglesias le van a poner su despacho oficial fuera de la ciudadela de Moncloa, para que no esté dándole la tabarra a Sánchez, y para evitar la imagen de un Gobierno bicéfalo, aunque sea de coalición.

El que Pedro Sánchez le quita el sueño y por ello ha impuesto un Protocolo (que conociendo a Iglesias será fantasma) de seguimiento y coordinación, donde están contempladas las esperadas discrepancias que llegar llegarán.

Protocolo que incluye un férreo marcaje de la comunicación dado que si a Iglesias -segundo vicepresidente- le dejan hacer declaraciones a sus anchas se acabará comiendo a Sánchez por los pies, y se presentará ante la opinión pública como el verdadero Presidente de la nación.

No será fácil ponerle el cascabel al gato o el bozal al perro, porque Iglesias no es ni una cosa ni la otra, sino más bien el zorro en el gallinero del poder, donde a buen seguro saltarán chispas aunque en el Consejo de Ministros se hablen de usted.

Y tampoco será cómoda la convivencia en el Consejo de Ministros y en el seno del Gobierno de coalición. Donde además, y también es novedad, se sentarán el ‘matrimonio virtual’ de Iglesias y Montero lo que complicará, más si cabe en caso de discrepancias, la situación.

Y no sabemos si alguien le ha dicho a Iglesias que se corte un poco el pelo, se ponga un traje, con o sin y corbata, y que deje de guiñar el ojo izquierdo a todo el que pasa a su lado no vaya a ser que alguien se lo tome a mal.

Y un ojo de Monedero darían algunos, o los dos de Errejón, por ver después de su primer Consejo de Ministros a la pareja de Irene y Pablo al atardecer y junto a la chimenea del chalé de Galapagar comentando la jornada y lo listos que ellos son frente a los demás, mientras las ‘nanis’ acuestan a los niños y los guardias civiles de la garita se alarman por el estallido de un golpe seco hasta que se descubre que solo era un taponazo de la botella de champaña.