Albert Rivera destroza Cs y no dimite

Los resultados electorales del 10 de noviembre han confirmado el hundimiento de Ciudadanos del que es único y gran responsable su presidente Albert Rivera. El que tenía que haber presentado ayer noche su dimisión como líder de Cs.

Y este es su enésimo error que lo descalifica como demócrata. Además mintió en su discurso donde reconoció la derrota, y en el que dijo que asumía la responsabilidad de lo ocurrido al decir que Cs ha perdido el 50 % de los votos cuando en realidad perdió el 60 % de los sufragios, más de 2 millones y medio de votos, y el 78 % de sus escaños.

Rivera no se quiere ir -convoca a su Ejecutiva y un Congreso de Cs para intentar permanecer al frente de los resto del naufragio- y ello se suma a su gran derrota porque no supo gestionar el excelente resultado de los comicios del 28 de abril, bien para facilitar una coalición con el PSOE con el que sumaban mayoría absoluta (PSOE 123, Cs 57) de 180 escaños; ni para pactar ante los comicios del 10-N una coalición electoral con el PP, aceptando la oferta de ‘España Suma’, su tabla de salvación.

El resultado del inmovilismo y la incapacidad política de Rivera llevó a los votantes de Cs a hacerse esta pregunta: ¿para qué sirve votar a Cs? Y la respuesta es bien sencilla: para nada.

Pero siendo todo esto muy grave, peor aún fue que Rivera, ante los sondeos que desde el mes de agosto anunciaban hundimiento de Cs, volvió a quedarse paralizado. Y no hizo nada para rectificar esa tendencia hacia los infiernos, cuando lo que debió hacer -como se lo dijimos en este diario- era apartarse de la cabecera electoral de Cs y poner en su lugar a Inés Arrimadas.

Pero Rivera, desde su idiotez política, su soberbia y su ceguera, tiró por la borda el enorme capital de los 57 escaños que había logrado el 28 de abril para quedarse ahora con 10 diputados y en el quinto lugar de los partidos nacionales -venía del tercero-, por detrás del PSOE, PP, Vox y Podemos.

Y todo ello mientras Rivera insistía en sus discursos y trucos ridículos en los debates (el adoquín, la fotos, la habitación del pánico, etcétera), y se mostraba incapaz de ofrecer una verdadera y original propuesta de Estado para, finalmente, quedarse en el monotema de la aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña.

Rivera se tiene que marchar, y de los restos del naufragio suponemos que se hará cargo ahora Inés Arrimadas. Y eso si es que la dirección de Cs decide seguir o buscar un acuerdo de integración en el PP, la única otra salida que les queda. Porque si decide que Rivera siga este partido desaparecerá.

El hundimiento de Cs y sus 10 escaños les convierte en un partido sin ninguna utilidad para participar en los pactos de Gobierno y para las futuras votaciones en el Congreso de los Diputados, a la vista de cómo ha quedado conformado el nuevo hemiciclo de la Cámara.

Lo que sin lugar a dudas constituye una pérdida importante para todo el país, porque se reduce a la mínima expresión el centrismo político, y ello gracias a un Rivera que, lejos de insistir en el centro reformista, optó por la opción liberal para competir por el liderazgo de la derecha, un camino equivocado en el que se acaba de estrellar.