Buscando un cómico español para presidente

En las elecciones generales del próximo 28-A no se vislumbra por ninguna parte un candidato de carácter que levante la menor expectación política y personal. Lo que ha convertido la campaña electoral en un proceso aburrido y funcionarial sin el menor atractivo porque los candidatos son profesionales que viven de la política y no para la política.

Sin embargo en las elecciones presidenciales de Ucrania de este domingo la estrella ha sido el actor cómico Volodímir Zelenski, salido de una serie de tv  donde interpreta a un profesor que llega a Presidente, que arrasó al actual presidente Petro Poroshenko.

En Estados Unidos encontraron a un cómico, excéntrico y millonario llamado Donald Trump para ocupar la presidencia del país, ante el asombro de medio mundo que nunca creyó que Trump llegaría a La Casa Blanca.

Y ahí está Trump en la mansión presidencial del Imperio atiborrándose de hamburguesas y Coca Colas, porque el fiscal especial Robert Moeller, que investigó su sospechosa campaña electoral de 2016, no encontró traición o colaboración con la Rusia de Putin, aunque si indicios de obstáculos a la investigación que no parecen delitos.

En Italia Beppe Grillo, otro cómico y líder del partido Movimiento 5 Estrellas, controla la mitad del Gobierno en una coalición con el ultra populista Matteo Salvini. Y en Francia un payaso ya fallecido, Michel Coluche, se presentó en 1981 a las elecciones presidenciales galas, aunque se retiró antes del día de la votación en favor de François Mitterrand.

En España, el sentido trágico de la vida que inunda nuestra idiosincrasia, no nos permite hacer bromas con el poder en un tiempo de líderes sin carisma ni liderazgo humanístico y social. Un tiempo de incertidumbres. Tanto en los esperados resultados electorales como para los pactos de investidura y de Gobierno, así como sobre el futuro de la unidad nacional, la debilidad de la economía y la sentencia del juicio del golpe catalán.

Este no es país para cómicos. Incluso al encantador Felisuco (ahora enviado a Cantabria) se le borró la sonrisa en los escaños de Cs a su paso por el Congreso de los Diputados donde Albert Rivera -que debió haber metido a Malú en las listas de Cs- impone su Ley, mientras se atusa la corbata, estira los puños de la chaqueta, frota las manos y tuitea sin parar porque hay días que los nervios, en los grandes debates, pueden con él.

Bueno, Pablo Iglesias tiene algo cómico pero no tiene gracia alguna a pesar de su desaliñado aspecto. Si al menos se soltara el pelo entonces veríamos a un Mesías enfurecido, al Cristo de Medinaceli, o a una nueva versión de Lola Flores cabreada cantando y bailando ‘La niña de fuego’ en un tablao.

Quizás el político español con más vis cómica sea Aznar por sus aires a lo Chaplin y su gesto austero. Pero le traiciona su mirada fiera y su discurso tremendista y agorero: ‘España sufre una crisis existencial’, dijo en el último Congreso del PP como si anunciara el fin del mundo.

Zapatero, a quien se comparó con Mister Bean, no daba la talla cómica aunque se esforzó haciendo malos chistes con la ceja.

Y en este proceso electoral vigente algunos han presentado al líder de Vox Abascal como un salvador de la patria que recorre a caballo la senda de don Pelayo, desde Covadonga a Tarifa y sin descansar. Pero su foto ecuestre no impresiona como la de Bin Laden a caballo en los montes de Afganistán.

Pedro Sánchez no tiene ninguna gracia por más que se esfuerce y Casado no pasa de ser un chico bien del PP, de aspecto bonachón y resignado a sufrir y soportar la mala herencia de Rajoy.

O sea que sin novedad cómica en el frente político español. Aunque al final lo cómico puede ser que las urnas anuncien un escenario de bloqueo que impida gobernar y que, como en 2015, obligue a una repetición electoral. Y entonces sí que aparecerá un cómico con ganas de gobernar.