Rajoy poco fino ante el Supremo

Esperábamos un Mariano Rajoy firme e implacable durante su declaración en el juicio del golpe de Estado que se celebra en el Tribunal Supremo pero no. Rajoy estuvo tan displicente y condescendiente ante el Supremo, como lo estuvo frente a los golpistas los días 6 y 7 de septiembre de 2017, y por ello pasó lo que pasó.

Porque Rajoy fue incapaz de aplicar el 155 en esas primera fechas de la ruptura del Gobierno catalán con España, y luego se le escapó el 1-O el referéndum, manipulado, que prometió que nunca se iba a celebrar.

Pero ese es Rajoy, lento, ambiguo, siempre a la gallega e incapaz de coger el toro por los cuernos, de ahí su fama de don Tancredo, el impasible. Y ese continuo no hacer nada hasta el último minuto, e incluso durante el último minuto, como le ocurrió en la moción de censura donde se negó a dimitir y se fue de copas hasta el anochecer, es el que ha marcado el estilo político de Rajoy.

Por eso en el Supremo no vimos a un Presidente firme, serio e indignado denunciando el golpe de Estado de manera implacable y contundente como hubiera sido lo lógico. Pero no, Rajoy lo contó todo a su manera y estuvimos a punto de oírle decir que los platos son los platos, las urnas son las urnas, los vasos son los vasos y las papeletas son las papeletas.

Y le sacaron los colores a los mofletes cuando le recordaron que en La Casa Blanca y ante el Presidente Trump (y además balbuceando) Rajoy prometió que no habría referéndum, ni urnas, ni papeletas. Y lo cierto es que hubo de todo aunque el referéndum fuese una burda manipulación ajena a cualquier procedimiento democrático.

Lo que no sabe Rajoy es que, sin quererlo él, y gracias a su parsimonia y a su falta de firmeza al final Puigdemont mordió el anzuelo de la declaración unilateral de la independencia, se gastó su último cartucho, y acabó de prófugo y con sus colegas en el banquillo del Supremo camino de la prisión.

Si Puigdemont hubiera convocado elecciones el 26-O, como se lo pidió Urkullu, el desafío catalán había crecido y puede que conseguido la mayoría de votos en territorio catalán. Pero Puigdemont vio tan blandito a Rajoy y tan furioso a Junqueras que se lanzó al pilón desde el trampolín más alto y sin saber que el pilón estaba vacío y se estrelló.

Y a partir de ahora ya saben los políticos catalanes lo que les espera si pisan la raya de la legalidad. Y además hasta dentro de 50 años, como poco, no habrá otra declaración de independencia unilateral. Y todo ello y en cierta manera gracias a la parsimonia gallega de Rajoy. Una carambola del destino aunque parezca una jugada maestra que en realidad como tal nunca existió.