El fin de las embajadas

Las embajadas no son ni sombra de lo que fueron en el Siglo XX porque las noticias y los análisis de los embajadores de otros tiempos, así como sus gestiones y mediaciones, se ven a menudo desbordadas por el trepidante ritmo del mundo global, tecnológico y comunicado en que vivimos.

Pero el rol de los embajadores en situaciones de crisis como la de Venezuela puede ser fundamental. De ahí que nos preocupe la posible ruptura de las relaciones diplomáticas entre España y Venezuela.

Y no tanto por el cese del embajador de Caracas en Madrid y su relevo por un representante del presidente ‘encargado’ Juan Guaidó, reconocido por España y otros grandes países de la UE, sino y sobre todo por la posible expulsión de Venezuela del actual embajador de España en Caracas.

Recordemos, aunque no estemos en tan grave situación, el asalto de la embajada de España en Guatemala en 1980 por grupos paramilitares que provocaron la muerte de 37 personas, y donde el entonces embajador Máximo Cajal resultó herido y salvó la vida de manera milagrosa.

Y el incendio por grupos de extrema izquierda de la embajada de España en Lisboa en 1975 tras las últimas ejecuciones del franquismo en 1975. Y recordemos también al magnífico embajador de España en Budapest, Ángel Sanz Briz, que desde la embajada de España en Rumanía le salvó la vida a más de 5.000 judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Lo que le valió, muchos años después, el reconocimiento y título de ‘El Ángel de Budapest’.

En Lisboa, la UNESCO y en Caracas (en tiempo de Hugo Chávez) España contó con un gran embajador y buen político como es el catedrático Raúl Morodo, a quien el Gobierno de Pedro Sánchez debía pedir (si no lo ha hecho) su docta opinión sobre lo que acontece en Venezuela.

Pero los acontecimientos en Venezuela se suceden a gran velocidad y el bloque occidental que lideran los EEUU parece decidido a no dar tregua a Nicolás Maduro. Y pretende aislar al vigente régimen venezolano al que ahora espera someter a la presión de la ‘ayuda humanitaria’ -que Maduro califica de limosna no querida-, para ver si con ello el ejército venezolano rompe con Maduro y se pasa al campo de Juan Guaidó.

La cuestión que preocupa y sobrevuela esta crisis es la del riesgo de una guerra civil o de la intervención militar de Donald Trump creando un conflicto armado de alcance y consecuencias imprevisibles. De ahí la importancia de los embajadores y de la necesidad de que no lleguemos a ‘El fin de las embajadas’ que vaticinó en una excelente novela el diplomático y escritor francés ya desaparecido Roger Petrefitte.