Así destruyó Santamaría a sus adversarios del PP

A los jóvenes habitantes de este lejano país llamado España que creían en la magia y los milagros, los ancianos del lugar les contaron extraños relatos y ‘accidentes inducidos’ sobre como desapareció de fulminante manera un partido político llamado PP, cuando su asombroso líder Mariano Rajoy se dio a la fuga para exiliarse en la jungla de Pontevedra (allí se le vio por última vez con aspecto de mendigo) y después de haber dilapidado un inmenso poder en España y haber acabado con sus compañeros que cometieron el único y temerario error de optar a su sucesión.

Los sucesores naturales de Rajoy en el PP parecían ser, unos años atrás, Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón. Dos políticos de valía y brillante recorrido que pugnaban entre sí para optar al título de Delfín del Rey Don Tancredo I de la Moncloa. El que, como a otros, los fulminó Rajoy utilizando el ‘agente nervioso’ que les hizo respirar su ama de llaves, Soraya Sáenz de Santamaría, ‘la pequeña asesina’. Por ello Rajoy, dejando escapar una sola lágrima, afirmó en su despedida del PP: ‘yo no tengo Delfín ni heredero’. Y era verdad, pero le faltó añadir: ‘porque me los he cargado a todos’.

La malvada Soraya, que veía expedito su camino hacia el poder del PP, esbozó una dentada sonrisa como la del Gato de Cheshire. Ella sabía muy bien lo ocurrido, porque con sus pequeñas y rollizas manitas había movido la cuna de los aspirantes a la sucesión para precipitarlos por el balcón de los triunfos electorales de Génova 13, la piedra Tarpella del PP.

Gallardón siendo ministro de Justicia les dio muchas facilidades cuando, tras estallar la doble contabilidad del PP y los SMS de Rajoy, le ordenó al fiscal anti corrupción pedir prisión sin fianza para Bárcenas convencido que el preso (como finalmente ocurrió a finales del pasado mayo amenazando con un vídeo letal si entraba en prisión Rosalía) haría saltar por los aires al presidente Rajoy.

Pero Gallardón se había precipitado en el 2013 y la ‘pequeña asesina’ lo espolvoreó, como Campanilla hacía con el polvo mágico de Peter Pan, con el ‘agente nervioso’ que trastornó la mente de Gallardon y le hizo ver una revelación divina -a él que había sido un gran pecador- para reconciliarse con la derecha confesional del PP a la sombra beatífica de Aznar. Y como por arte de magia Gallardón se hizo anti abortista y Rajoy aprovechó esa coyuntural de demencia senil de su ministro del gran collar y lo decapitó.

En Aguirre los efectos del ‘agente nervioso’ (traído de Rusia por espías de confianza de María Pico) también fueron demoledores. Hasta el punto que la condesa de Malasaña, perseguida a toda velocidad por la policía municipal, abandonó su refugio blindado de la Puerta del Sol para optar a la alcaldía de Madrid, craso error, convencida de que manejando ella al carro leonado de la Diosa Cibeles su entrada triunfal en La Moncloa sería imparable.

Pero Aguirre no era Judá Ben-Hur a las riendas de la cuádriga y acabó de bruces en la gran charca de la corrupción del PP de Madrid donde cantando están, en cárceles o bajo el agua, sus corruptas ranas (González, Granados, López Viejo y veinte batracios más). Y además la jueza Carmena le arrebató (con ayuda del PSOE) la alcaldía de la capital de donde, finalmente, Aguirre tuvo que salir abochornada de su escaño de concejal mientras Rajoy con una media sonrisa interpretaba el Requiem de Mozart con su violón.

Por el camino verde que va a la ermita del camposanto de dirigentes del PP caídos bajo el mandato de Rajoy se han quedado otros nombres ilustres por diferentes motivos y circunstancias y todo -como Rajoy- hijos putativos de José María Aznar: Rato, Cascos, Mayor, Pizarro, Margallo, Zaplana, San Gil, Acebes, Matas, Camps, etcétera. Solo Javier Arenas movedizas y el oráculo Pedro Arreola sobrevivieron a la hecatombe arropados por Soraya.

Pero hete aquí que años después y tras creer Rajoy que Sánchez estaba muerto y deambulaba como un zombi por el PSOE -‘usted es un Ruiz, un Ruin’ le había llamado furioso Mariano a Pedro en un bronco debate en TV en el que Sánchez acusó al Presidente ante toda España diciéndole ‘usted no es una persona decente’.

Pero el zombi resucitó de entre los muertos y, aprobados los Presupuestos Generales de 2018 (previo pago de Rajoy al PNV y previa tomadura de pelo a Rivera) y una vez conocida la sentencia de Gurtel, Sánchez azuzado por un astuto consejero presentó una urgente moción de censura, desconcertó a Rajoy, lo echó del poder y ahora el zombi es Mariano que perdido está en las profundidades de la jungla de Pontevedra.

Los astros, según la esperada profecía, se habían alineado en el firmamento y la pérfida Soraya, el ama de las llaves de Moncloa y del ‘agente nervioso, creyó llegado su momento. Y primero y tras la sentencia de Gurtel intentó un adelanto electoral el 24 de mayo para que, sin tiempo, Rajoy la colocara en el cartel electoral del PP. Luego sorprendidos todos por la urgente moción de censura del 25-M por la mañana, Soraya llamó a Urkullu para que forzara la dimisión de Rajoy y ella fuera la candidata del PP al nuevo proceso de la investidura que tendría que abrir el Rey Felipe VI.

Para lo que la ‘pequeña asesina’ había inoculado con el ‘agente nervioso’ a su amo y señor Mariano Rajoy, pero se le fue la mano y el aún Presidente se descontroló y huyó despavorido del Congreso de los Diputados a medio día del 31 de mayo, para darse a la bebida en compañía de unos pocos fieles (Carmen Martinez Castro se puso ciega) y tras refugiarse en el reservado de un restaurante de Madrid.

Mientras, la pérfida Soraya ponía sin disimulo su bolso sobre el escaño azul del Presidente quien, al final y harto de copas y de intrigas cruzadas entre Soraya y Cospedal, se negó a dimitir para frenar la censura e intentar así una  investidura o un adelanto electoral. Pero Rajoy al descubrir la traición de Soraya -‘ella lleva mucho dedicada a sus cosas’ confesó en la sobremesa- se rindió, le entregó el poder a Sánchez, dejó su escaño en el Congreso y el liderazgo del PP.

Y llegaron las alegres primarias como las lluvias de julio y de pronto el que parecía el favorito y el ‘hereu’ de Rajoy, el Presidente gallego Alberto Núñez Feijóo, anunció su retirada llorando como un niño desconsolado. Y cuentan las meigas del lugar que Feijóo abandonó porque la noche anterior se había  despertado horrorizado al tocar con los pies la cabeza cortada de un caballo que alguien le puso entre sus sábanas.

Y así fuimos a las primarias (que serán las últimas) con Casado, Soraya y Cospedal, la que también se desplomó ‘nerviosa’ ampliando la cuenta de la versión PP de la novela de ‘Los diez negritos’ de Ágata Christie. Y a la vez temerosos de que a Casado le atropelle un camión o que un alma caritativa acelere la investigación judicial del Máster and Comander del vicesecretario para impedir que llegue libre de sospechas a la última votación del Congreso del PP.

Si eso ocurriera entones, por ausencia de alternativa, por fin se habría hecho la unidad del partido en torno a la pérfida ama de llames, la otrora ‘niña de Rajoy’, Soraya Sáenz de Santamaría. La que no ha dejado títere con cabeza a su alrededor (en este último tramo con la ayuda de Yago Arenas) .Y ahí va Doña Soraya, como la Reina Daenerys, dispuesta a sentarse en el Trono de Hierro, de lo que va quedando del viejo y desguazado Imperio del PP.