La pagoda, el imán, el yonki y Zaplana

En la vida política española la realidad supera con creces cualquier relato de ficción y hay algunos casos como el embrollo catalán o la caza y captura por la Guardia Civil de Eduardo Zaplana que muy bien daría argumentos para un relato novelado o una película de intriga, suspense, poder, corrupción, amor y desesperación.

Una fase está última en la que a buen seguro ahora se encuentra Zaplana. Y no solo por su horizonte penal y su lamentable situación de detenido en las dependencias policiales, de registro en registro de despachos y viviendas y a expensas de lo que decida el juez en los próximos días sobre su libertad.

Sino y sobre todo porque el origen de las pesquisas que han llevado a su detención está un monumental error cometido por Zaplana: dejar olvidado y escondido en un falso techo de una vivienda que vendió un documento de cuatro folios, escrito de su puño y letra con el esquema de su trama para el blanqueo de 10 millones de euros que acumuló como pago de comisiones sobre concesiones eólicas y de ITV a compinches corruptos suyos cuando era presidente de la Comunidad de Valencia.

¡Qué error que inmenso error! Escribir el esquema de su trama de blanqueo del dinero depositado a su favor en paraísos fiscales, ocultarlo en un falso techo y vender el piso con los documentos incriminatorios allí guardados es algo asombroso en un personaje que se creía tan listo y escurridizo como  parecía Zaplana.

Pero las carambolas del destino no acaban ahí. Zaplana vende el piso (con los documentos ocultos incluidos) que él tenía en Valencia en el edificio llamado La Pagoda a un ciudadano sirio que además es imán musulmán. Y resulta que este personaje decide hacer una reforma en la vivienda y sus operarios abren el falso techo y se encuentran con los papeles de Zaplana.

Y entonces el imán a la vista del documento y convencido de su importancia se los entrega a un amigo suyo que resulta ser, otra carambola, ni más ni menos que un corrupto valenciano arrepentido ¡Marcos Benavente! El que se había confesado ‘yonki del dinero’ y que grabó contando billetes al que fuera presidente de la Diputación de Valencia -‘mil, dos mil, tres mil,…dos millones de pelas’, decía- Alfonso Rus. Un yonki que acabó confesando y colaborando con la Justicia a la que en 2015 le entregó, como guinda de su pastel, el documento de Zaplana.

Y de ese hilo, la juez, el fiscal y la Guardia Civil fueron tirando hasta hacerse con la madeja completa de la corrupción, el cohecho y el blanqueo de los dineros opacos de Zaplana y de la trama de colaboradores que le ayudaron en su plan, donde tampoco se descarta que se haya acogido, como se dice, a la amnistía fiscal de Montoro como un sinfín de defraudadores y golfos del poder económico de este país.

Los caminos del Señor son inescrutables, pero muchas veces suelen llegar a buen fin. Y sabido era que Zaplana no era trigo limpio pero se le creía hábil para ocultar su fortuna corrupta e ilegal. La que a lo mejor es mayor de lo que se acaba de descubrir gracias a un fatal olvido en su piso valenciano de La Pagoda y a la carambola del imán y del yonki arrepentido. Una cadena de extrañas casualidades que Zaplana nunca olvidará.