El carnerito de Doña Leonor

Dice entre lágrimas Puigdemont que los suyos lo han sacrificado como el corderito aquel que Abraham ofreció a su Dios una vez que ‘el Angel del Señor’ levantó su mano para impedir que le ofreciera la vida de su hijo Isaac porque ya había demostrado su temor de Dios.

No tuvo tanta suerte Puigdemont porque este prófugo y ahora náufrago, que perdió el poder, el norte y la cabeza, fue eliminado por sus compañeros del ‘procés’, con Junqueras, el osito preso y tuerto en el país de los ciegos, en el rol de Bruto de la ejecución colectiva del bufón de la política catalana que apuñalaron al unísono los del PDeCAT y ERC.

En definitiva el poder económico (catalán) que son los que mandan allí (y aquí), porque la economía va mal y las pelas son las pelas. Y esto no puede seguir así porque Cataluña, Barcelona, y de rebote España, van a perder el tren de la recuperación que lidera enloquecido el maquinista de la general que se llama Donald Trump.

Mientras tanto, a la princesa de Asturias, Doña Leonor, su padre el Rey Felipe VI le ha concedido el Toisón de Oro que lució su bisabuelo Don Juan. La máxima condecoración de La Corona de España que incluye un carnerito de oro en el collar y la insignia de la Orden de Caballeros del Toisón de Oro que se remonta al siglo XV y evoca el mítico viaje de Jasón y los Argonautas para recuperar el ‘vellocino de oro’, o la piel del carnero o del cordero bañada en los ríos auríferos de un legendario país.

Puigdemont es un corderito camino del matadero y Doña Leonor ya tiene su carnerito (de oro) como el que pasea la Legión, de la misma manera que ‘El Principito’ de Saint D-Exupéry logró que un aviador perdido en el desierto del Sáhara le dibujara un corderito dentro de una cajita de cartón a la que le hicieron algunos agujeros para que pudiera respirar.

España es un país de cuento porque la mayoría de los políticos, como muy pronto lo entenderá Doña Leonor, son como los niños perdidos de Peter Pan, pero aquí obsesionados con alcanzar el poder y quedarse ahí toda la vida. Lo que en las democracias modernas no suele ocurrir, cosa que no entiende Mariano Rajoy desde su pétrea posición de ídolo de la Isla de Pascua, raras esculturas que nadie sabe como llegaron allí ni aquí.

España está mal pero ‘está linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar’ y una vez concluido el discurso del Rey Felipe VI pidiendo a la Princesa Leonor su entrega a España y el cuidado de la Constitución, le vamos a contar un cuento:
‘Esto era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita, Leonorcita,
tan bonita, como tú.’

El carnerito de oro marca una diferencia esencial entre La Corona y el resto de los mortales de la política nacional. El abuelo de Doña Leonor, el ahora emérito Rey Juan Carlos I, recién coronado por el general Franco almorzó en el palacio de La Zarzuela con el entonces Presidente de Francia Valery Giscard D’Estaing que presumía de aristocrática alcurnia y llegó a decir a Don Juan Carlos I que ambos eran Jefes de Estado similares en dos grandes países europeos a lo que Don Juan Carlos I añadió una sutil precisión: ‘eso es cierto pero tu te tienes que presentar a las elecciones y yo no’.

Está linda la mar, el viento lleva sutil esencia de azahar. Y Puigdemont con esos pelos y sin parar de llorar.