Aguirre baila sobre un barril de pólvora

Esperanza Aguirre, condesa de Bombay, está bailando un zapateado sobre un barril de pólvora de las bodegas Púnicas donde el inefable Paco Granados montaba saraos y bacanales con ‘putitas de confianza’ que le enviaban en un volquete sus comisionistas habituales.

Menudo pájaro el tal Granados, o ‘granizados’ -como le llaman en el PP- y que se ande con ojo doña Esperanza que dice que le da ‘asco y náusea’, no vaya a ser que al preso número uno del PP le dé por cantar al fiscal en busca de beneficios penitenciarios, como por el cante le dio a su socio Marjaliza. Si Granados canta en ese caso la bruja Esperanza -así la llamó Anguita- saldría disparada hacia el infinito o los infiernos a lomos de su escoba voladora y rumbo a cualquier juzgado de Madrid.

Si Granados, el niño de Valdemoro, se arranca por bulerías en el tablao de la fiscalía que él tiene adornado con dos cabezas de toros de Miura, en ese caso que se prepare Aguirre porque entonces todas las ranas de su podrida charca de la corrupción de Madrid se podrán a cantar. Y ella y su mayordomo de confianza, el chino de la coleta blanca Ignacio Glez., el del ático marbellí con sede en Delaware y el amigo del ‘compi yogui’ Javier López Madrid, empezarán a caminar por su calvario particular.

Dice doña Esperanza que ella no sabía nada de las Púnicas, de Gürtel, de la financiación ilegal del PP de Madrid que recaudaba el ‘granizados’ (hasta 2014), ni sabía lo del Canal de Isabel II, o los gastos de imagen, de sus conejeros y sus alcaldes. Ella no sabe nada de lo que ocurría a su alrededor muy a pesar de que en la Comunidad y el PP de Madrid solo mandaba ella y no se movía un gato sin que la condesa dijera amén.

Hace unos días Aguirre salió en defensa de Granados para decir que no entendía por qué estaba en la cárcel. Ahora la condesa dice del que fue su vicepresidente y secretario general del PP madrileño que le da ‘asco y nauseas’, convencida de que Granados no va a cantar. Que no se fie ni un pelo del pájaro enjaulado porque el día menos pensado nos canta la Traviata como un ruiseñor. Y entonces ¡sálvese quien pueda! porque ese pájaro, el sapo cancionero de la charca de Aguirre, era el hombre que sabía demasiado de Madrid. Empezando por el Tamayazo que aún está por descubrir.