La guerra de las banderas

Si nos descuidamos, en la final de la Copa del Rey de Fútbol habrá más banderas políticas que del Barça o del Sevilla vista la politización de este espectáculo deportivo que sin duda se ha iniciado en Cataluña, y no solo ahora sino desde hace ya varios años cuando los independentistas convirtieron el Nou Camp en caja de resonancia de su proceso secesionista.

El que luego han reiterado en otras finales y en otros campos de futbol como ocurrió en la anterior Copa con la gran pitada ante el Rey Felipe VI, mientras Artur Mas -que descanse en paz, en su fracaso político- esbozaba una malvada sonrisa en línea con su habitual desprecio a España y a la instituciones de nuestro país.

Ahora el espectáculo secesionista, que está de capa caída con Puigdemont, pretende montar su número en el estadio del Manzanares con su despliegue de banderas ‘esteladas’ en pos de publicitar su pretendido proceso independentista. Y todo ello con el riesgo añadido de que ello produzca problemas y enfrentamientos entre los seguidores de los dos equipos y los vecinos de Madrid que podrían rodear el campo con banderas de España -se está diciendo- lo que podría desembocar en un serio problema de orden público.

De hecho el partido de esta final ha sido considerado de ‘alto riesgo’ por los responsables de la seguridad que prohibieron la exhibición de las banderas independentistas, lo que ha sido recurrido ante un juez que deberá pronunciarse sobre todo ello, mientras arrecia el debate político creado a su alrededor.

Sin duda la libertad de expresión ampara la exhibición de las banderas que se quieran llevar al campo, pero falta por ver si eso, en las actuales circunstancias, se considera un riesgo y una provocación que puede desembocar en un incidente de la mayor cuantía. Porque está claro que quienes pretenden traer a Madrid esas banderas no lo hacen para apoyar al Barcelona sino para ‘agredir’ políticamente a España e intentar humillar la bandera española y la figura del Jefe del Estado. Porque si de lo que se trata es de un partido de fútbol, sin duda sobra todo lo que no sea deportivo, y las ‘esteladas’ no lo son.

Por ello sorprende que Puigdemont prefiera la guerra de las banderas, huyendo del palco del Estadio, en vez de actuar con una actitud institucional de máximo respeto al deporte y a los símbolos y personas que representan al Estado español. De la misma manera que en Madrid se respetan a los gobernantes y símbolos (la senyera) de la Generalitat de Cataluña.

Pero está claro que Puigdemont, que necesita protagonismo político para adornar su escaso liderazgo, lo que busca es la provocación. Y lo que menos le interesa es el partido y el Barça. Y esa es buena prueba de su talla y talante político, en línea con lo que en Cataluña ha ocurrido en los últimos años. Pensar en el ejemplo y la talla de Tarradellas a estas alturas de la deriva catalana es algo imposible de imaginar. Más bien el contrario puede que un día de estos el señor Tarradellas desaparezca de la Historia del nacionalismo catalán, acusado de ‘traidor a la patria’ o de algo similar.