El Papa y la mujer diácono pero camino del sacerdocio

El Papa Francisco sigue dando pasos pequeños, pero firmes, en pos de la modernización de la Iglesia Católica para que su doctrina, su acervo y cultura se vayan acercando a la realidad y al sentimiento general de los católicos en este tiempo trepidante de cambios tecnológicos y de la sociedad comunicada, transparente y abierta. Donde no se entienden posiciones ancestrales, ni discriminaciones ni actitudes que vayan en contra de la libertad, la igualdad, la democracia e incluso de la salud y la ciencia como ocurre con muchas trabas eclesiásticas en cuestiones relacionadas con el sexo o con los avances de la medicina y la ciencia.

Ahora el Papa Francisco va a crear una comisión para que las mujeres puedan acceder al rango de diácono en el seno de la Iglesia, lo que les permitirá administrar sacramentos como el bautizo y el matrimonio, distribuir la eucaristía, leer los evangelios en la misa y llevar el viático a los enfermos.

Sin embargo esta primera puerta que se abre sigue siendo pequeña porque el objetivo debe ser que las mujeres lleguen al sacerdocio en igualdad de condiciones con los hombres, e incluso ser obispos y hasta Papa. Esa es la igualdad y así serían las cosas si Jesús hubiera nacido en este tiempo y no hace 2016 años. Una época en la que las mujeres ocupaban un lugar postergado en la sociedad y esa zona del mundo tan cercana a los seguidores del Islam donde la mujer todavía sufre una discriminación y falta absoluta de libertad.

Es verdad que este Papa está renovando y regenerando (de cuervos, pedófilos y ladrones) a la Iglesia que recibió del Papa Benedicto XVI. Pero si su línea y dirección van por el buen camino su caminar no es suficientemente rápido ni decidido como para abrir la Iglesia al mundo antes de que los ciudadanos del Planeta se cansen de una religión que está fuera de la realidad. Y que no responde a sus necesidades ni a las conquistas sociales, Derechos Humanos y terrenales aunque prometan la gloria en otra vida cuya verdad y existencia están por demostrar.

El ejemplo de los evangelistas, y su crecimiento exponencial, está a la vista y al alcance de todo el mundo y responde al realismo popular de distintas zonas del mundo, y en América de manera especial, a pesar del folclorismo y escasa seriedad de muchas de sus organizaciones.

Es cierto que el Papa dio pasos en la aceptación de los homosexuales -pero no de su matrimonio-, en anticonceptivos para casos de extrema enfermedad, pero no en su justo uso y libertad. O permite regresar a la Iglesia a los divorciados que son un altísimo porcentaje de los casados y que estaban en excomunión. Pero no deja que se casen los sacerdotes (y las sacerdotisas cuando lleguen) como casados estaban los apóstoles del Jesús. Y todo eso del absurdo y antinatural celibato en contra de lo que instituyó el Creador acaba en obsesión demencial y enfermiza por cuestiones del sexo y en muchos casos en la terrible pederastia.

El Papa Francisco reconoce errores y la necesidad de cambio camino de la realidad de nuestro tiempo y se mueve, pero va muy lento. En lo de las mujeres diácono camino del sacerdocio se ejemplariza la idea de un tímido avance y un lento caminar. Puede, por ello, que este Papa Francisco sea el encargado de preparar el gran cambio y de abrir las puertas pero la gran reforma de la Iglesia quizás deba liderarse en otro papado. Francisco ya hizo bastante con su primera y urgente labor de limpiar lo que había que limpiar, que era mucho y que todavía se debe completar.