De Mogambo a Saint-Tropez

Menos mal que al final ha resultado ser un cazador norteamericano, un tal Walter James Palmer, el autor del crimen del león Cecil de Zimbabue porque por un momento, o incluso un par de días, nos temimos lo peor. En un abrir y cerrar de ojos nos acordamos de la cacería de un elefante en la selva de Bostwana a manos del Rey Juan Carlos I, en aquel safari que le organizó la falsa princesa Corinna para celebrar el pelotazo de pingues comisiones del AVE de la Meca. Con tan mala fortuna que el monarca se cayó al anochecer -haciendo el salto del tigre, imaginamos- dentro del lujoso bungalow a lo Mogambo y se fracturó la cadera, de lo que aún el Rey padre no se ha terminado de recuperar.

Los caminos del Señor son inescrutables y, mire usted por donde, fue en Bostwana donde se inicio la abdicación y comenzó a abrirse paso el reinado de Felipe VI. Una vez mas ‘cherchez la femme’ con la manzana de la tentación en una mano y en la muñeca un brazalete de diamantes que Hola exhibió por impúdica imprudencia de la cortesana que luego se instaló en la ‘garçonniére’ del monte del Pardo: ‘La Angorilla’.

A Marcello que adora a los animales, como es lógico y natural, le dio un vuelco el corazón de solo pensar que el cazador de león podría haber sido Don Juan Carlos I. Pero, afortunadamente, no fue así. El Rey padre estaba además por esas fechas en Saint-Tropez en compañía de Felipe González y de Javier Monzón –el ex presidente de Indra, que veremos como acaba-, aunque no sabemos bien el motivo de ese encuentro que se celebró, eso sí, no lejos de Mónaco donde habita ‘la tentación’ rubia.

En España no hay tiempo para las vacaciones porque el manantial de las noticias no cesa de emitir señales de desesperación. Lo del gran lío de las Púnicas de Paco Granados y los soeces comentarios de todos los encartados, pillados ‘in fraganti’ en las escuchas del juez ya ha dado la vuelta al mundo. Ayer fue la comidilla entre los miles de visitantes que deambulaban por entre las fuentes sorpresa que el Zar Pedro I sembró por los jardines del palacio imperial de verano de San Petesburgo.

Y es que al monstruo del lago Meis español, al inefable don Mariano, un día si y otro también le crece un enano por doquier. Y para disimular al Mesie de Pontevedra no se le ha ocurrido otra cosa mejor que nombrar a Albiol -el terror de la inmigración catalana- como candidato del PP para las elecciones plebiscitarias del cabezón de Artur Mas que sigue en el empeño de estrellarse contra la pared. Eso sí desaparece de dicha escena la asombrosa Alicia Sánchez Camacho -‘morro de pato le dicen en el PP-, porque no vende una escoba y porque se teme que salta por internet la grabación del almuerzo que ella celebró en el restaurante La Camarga -cualquiera va allí a comer- con la ex novia de Jordi Pujol J.R., y no precisamente para hablar de política sino de tórridas aventuras ‘amorosas’ por llamarlas de alguna manera.

Las que el actual jefe de la campaña electoral del PP Jorge Moragas -el marqués de la Diagonal- quería transformar en obús delator del clan de los Pujol para ¡salvar a España! Porque Moragas, el mochilero, es otro patriota, como Pedro Sánchez envuelto en la bandera nacional, mientras al pobre de Pablito Casado no le llega la camisa al cuello con tanto lío de la corrupción del PP donde, como dice todo el mundo, lo mas gordo está por llegar. ¿Qué puede ser?

Daría un ojo de Federico Trillo o los dos de Martínez Pujalte -que son dos que rezan juntos- por saber que hacia el Rey Juan Carlos con Felipe y con Monzón en Saint-Tropez. O por saber que piensa Granados en su celda de castigo mientras Aguirre y el Chino de la coleta blanca se ríen de él. Hasta que cante y se lance por la vía de la venganza a través de su mas amigo confidente en la prensa nacional. Porque si canta Granados entonces si que se va a armar y conocemos a una pelirroja que se tiñe de amarillo y lleva en la muñeca la bandera nacional que a la que le ha entrado el baile del San Vito y tiemblan las rodillas sin cesar de solo imaginar a Granados cantando la despedida de Mimí de Rodolfo en La Boheme. Vamos a dejarlo aquí de momento, pero como dijo el general McArthur ¡volveré!