Rajoy ante el espejo y el retrato de Dorian Gray

Esto de la política española empieza a parecerse a los relatos de terror apasionados de Oscar Wilde como ‘El retrato de Dorian Gray’, donde la ambición y el desenfreno de un joven hermoso y apasionado le hacen anhelar su eterna juventud. Un triunfo ilimitado para su locura que al final se convierte en una pesadilla desesperante que solo se refleja en el retrato que su amigo, el pintor Basil, le pintó en su verdadera juventud y que el tiempo va afeando y transformando en una espantosa y deteriorada imagen que da fe de su atormentada y envejecida personalidad.

El retrato se convierte, como por arte de magia, en el espejo del alma de Dorian, de su verdadero ser por más que mantengan la apariencia esbelta y joven de un triunfador que ya no lo es. En el relato de Wilde se mezclan a la vez la vanidad, el narcisismo y la eterna juventud, los pecados capitales de la vida política y aquellos gobernantes que se pretenden eternizar en los cargos, convencidos de su inagotable poderío y falsa condición de líderes imprescindibles para el país y el conjunto de la sociedad.

Puede ser el caso de Mariano Rajoy, a quien su compañero de partido y presidente de Castilla León, Juan Vicente Herrera, le ha pedido que se mire en el espejo antes de tomar la decisión de seguir al frente del PP y renovar su candidatura a la presidencia del Gobierno, una vez que ha conocido la debacle de las elecciones del pasado domingo. Pero, una vez conocidas sus primeras declaraciones, todo apunta a que Rajoy se ve estupendo, en plena forma, joven, guapo, atlético y decidido a continuar en el poder y en los cargos que disfruta de la presidencia del Gobierno de la nación y del PP.

‘El tiempo -piensa Rajoy para sus adentros-, no pasa para mí, estoy mejor que nunca y además España me necesita y yo soy la garantía máxima para lograr la salida de la crisis y ofrecer la necesaria estabilidad institucional a fin de que los mercados de capitales no abandonen el país y que Europa, y las principales naciones de Occidente, vean en mi liderazgo la fuerza de una España triunfadora que recupera los brillos de lo mejor de su Historia’.

Así se ve Rajoy en el espejo que, en sus aposentos de la Moncloa, oculta el ventanal tras el que el presidente del Gobierno podría contemplar la cruda realidad del país. E incluso entender que nadie en España tiene en exclusiva el don absoluto de la estabilidad política, ni el bálsamo o la pócima que garantiza la salida de la crisis y el fin de la postración familiar y social de aquellos ciudadanos que han sufrido más duramente las inclemencias de este tiempo tan difícil que nos ha tocado vivir.

Rajoy se ve bien en el espejo pero si se acerca a los dos retratos suyos que colgados están en las dependencias de la Moncloa como Vicepresidente y ministro de la Presidencia que fue en los gobiernos de Aznar, y los otros tres que penden en los ministerios de Administración Territorial, Educación o Interior, departamentos por los que también pasó, don Mariano podrá ver, como en el caso de Dorian Gray, su envejecimiento real. Sus canas, blancas como su barba, simuladas por el tinte que se derrite y resbala por su cara, su piel arrugada, su mirada cansada y oculta bajo las gafas, las cicatrices de aquel accidente que tuvo y las gotas de sudor que con frecuencia resbalan por sus sienes en los días en que tiene que tomar decisiones importantes, lo que para él suele ser un tormento porque el inmovilismo forma parte del encantamiento con el que pretende lograr su eterna juventud en el poder.

En política como en casi todo en la vida hay que saber ganar y perder, y sobre todo retirarse a tiempo y hacerlo en el mejor momento. Y Rajoy, por más que se vea reluciente en el espejo adulador de su vanidad inagotable, debería saber que su tiempo, ese tiempo que presume dominar, se acaba y que no puede voltear permanentemente el reloj de arena para que vuelva al principio de su implacable cuenta atrás.

Rajoy está al final de su escapada y lo presiente aunque todavía no lo quiere reconocer. Pero le bastaría con mirar cómo se retuercen sus rostros en los cinco retratos al óleo que de su figura pasada están colgados en la Moncloa y otros ministerios. Rostros deformes como consecuencia de ese maleficio que le persigue y no refleja su espejo trucado. El que tarde o más bien temprano tendrá que romper para apreciar en el horizonte el día claro y rotundo de la verdad que le obliga a marcharse sin mirar hacia atrás.