Soraya por sevillanas y Rajoy en videoblog

El Gobierno está manga por hombro y en el mayor de los desconciertos. Entre el pescozón a Rodrigo Rato y sus inefables andanzas tributarias y otras malas hierbas, y las asesorías 'verbales' de los santos Federico Trillo y Martínez Pujalte. El embajador de España ante la eterna Reina Isabel II de Inglaterra y el otrora Carpanta del bigotito, los dos que muchas horas de diálogo le habrán dedicado al constructor que contrataba obras pública en Castilla y León. Esa Comunidad que, por el momento, Gobierna el PP y de donde años atrás salió José María Aznar a caballo como un don Pelayo de Covadonga para la reconquista de España.

Cada día tiene su afán y su escándalo político a uno y otro lado del arco parlamentario y bipartidista nacional. Como cristobitas a garrotazos andan Chaves y Griñán, el uno aferrado al escaño del Congreso y negando la gran estafa de los ERE que confesó Griñán, quien dice que dejará el Senado donde aún ostenta un sillón de representación de la Junta de Andalucía, a ver si de esa manera alguien se apiada y ayuda a Susana Díaz en su difícil investidura.

La que aplazada está hasta después de los comicios municipales y en parte autonómicos del 24 de mayo, a ver si el PP o Podemos le cambian cromos al PSOE para salvar a la que se creyó la Reina del Sur. Aunque finalmente quedó convertida en rana encantada en la alberca de una palacio sevillano, donde espera el beso de un príncipe morado de Podemos o azul PP, que la saque de su metamorfosis y postración.

Sevilla, con lluvia o en feria, es una maravilla. Y por allí, y como si la crisis general de España no fuera con ella, anda la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría visitando las casetas y bailando sevillanas como una peonza mareada, porque la de Valladolid ni sabe bailar sevillanas ni es lo suyo aunque está bien que lo intente.

Es verdad que, en plena crisis, mejor bailar sevillanas que matar elefantes en Botsuana, mientras la falsa princesa Corinna baila la danza de 'los siete velos' al anochecer, en un bungalow tipo Mogambo, que diría Ana Romero en su crónica edulcorada y azul cielo sobre los pretendidos secretos -que no lo son- de la abdicación del Rey Juan Carlos I.

Soraya bailotea como puede por sevillanas mientras se deshace el PP, y el austero Aznar, que está afilando la daga con la que piensa liquidar a Rajoy, medita sobre el que será su discurso españolazo de los principios y valores para recuperar el control del PP en el día después del batacazo electoral, es decir el 25 de mayo.

Cuidado con Aznar, que mirando anda de reojo el regreso de Sarkozy a los primeros planos de la política de París, y que si de sevillanas se trata a buen seguro que prefiere aquéllas del siglo XIX que cantaba Carlos Cano y cuyo estribillo decía así: "quién lo diría,/ que un Rey manda en España,/ quién lo diría./ Mientras en la sierra manda/ José María".

Y Rajoy con esos pelos caobas y blancos, desconcertado y jugando como un aprendiz a los 'videoblogs' de la Moncloa, en mangas de camisa blanca y vendiendo como buenas las últimas cifras del paro, que no hay Dios que las entienda -porque no sabemos si suben o bajan- en un gesto impropio de un presidente del Gobierno que con semejante pantomima nos muestra su desconsuelo y desesperación.

Y así iba el hombre de mármol y de la Moncloa, de disgusto en disgusto, preso del pánico por si se escapan más nombres ilustres del PP de la lista de los 715 de 'la repera patatera', y camino de la Cumbre de las pateras de la UE, donde nuestro presidente apareció vestido de gris pobre mañanero mientras los jefes de Estado y de Gobierno lucían ternos azul marino.

Y Soraya zapateando por sevillanas como si estuviera machacando a unas cucarachas y como si la cosa, es decir España, no fuera con ella. Y en cierta manera la entendemos porque la vicepresidenta debe de estar hasta el moño de escándalos del PP y de malas noticias sobre los resultados económicos del Gobierno -están todos de los nervios, De Guindos y Montoro incluidos- cuya pretendida excelencia nadie ve, ni por aquí ni por allá. Ni siquiera por el arte de birlibirloque que decía, en referencia a su pasión torera, don José Bergamín.