Cospedal republicana

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Estaban los gladiadores del Atlético y el Real Madrid celebrando un combate mortal en el circo máximo del río Manzanares, cuando un escalofrío, afilado como una navaja, recorrió la espina dorsal del PP. Las Redes Sociales estaban encendidas como las luces del Palacio Real hasta el amanecer. Para colmo, era 14 de abril, el aniversario de la proclamación de la II República y los Reyes de España ultimaban su viaje a Bruselas con la ilusión del saludo a Pablo Iglesias, cuando con la nariz respingona y la sonrisa de la Gioconda, Soraya llamó a la puerta del despacho de Rajoy.

- Soraya: "Toc, toc, ¿se puede?"
- Mariano: 'Pasa, ¿qué ocurre?"
- Soraya (ampliando la sonrisa): "Cospedal la ha vuelto a armar, acaba de decir que la juventud de nuestros Reyes es un castigo de los Dioses al pueblo español".
- Mariano (incorporándose en el sofá desde donde seguía el partido de la Champions): "Señor, Señor, qué disparate, ella es la única que conspira contra sí misma. Pero ¿qué le pasa, a María Dolores, bebe?"

La vicepresidenta se encoge de hombros, sale de la estancia y cierra con cuidado la puerta del señor de los anillos olímpicos, mientras en el cielo del corazón de Madrid resuenan cánticos de los republicanos de siempre, y el ministro mordaza y del Interior llama a Palacio y dice: "Majestad, tranquilidad, son cuatro gatos, gracias a que Pablo Iglesias les ha prohibido acudir a los 100.000 hijos de Podemos que en enero llenaron la Puerta del Sol".

En el partido morado de Iglesias las aguas bajan revueltas por causa de tanta ambigüedad, y en los círculos concéntricos de su propio y dantesco infierno se empiezan a escuchar alaridos de enojo y disconformidad. Pero Pablo, impertérrito, no se corta un pelo de su larga coleta y está convencido de que la prudencia da votos y le permitirán a Podemos derrotar a Pedro Sánchez en Madrid, por más que sus requiebros a la Corona lo igualen con los monárquicos del PSOE y del PP, mientras piensa para sus adentros: "ya vendrá el momento de ondear la bandera tricolor".

Todos saben que la batalla electoral de Madrid será definitiva para la conquista del supremo poder de la Moncloa, donde Rajoy, tras el empate a cero goles, ni frío ni calor, entre el Atlético y el Real Madrid, sigue echando las cuentas del crecimiento y prosperidad emergente. La que jalea desde el despacho de la más alta dirección del FMI la elegante señora Legard, que sucedió al sátiro de Strauss Kahn, un despacho que tiempo atrás ocupó Rodrigo Rato sin terminar, extrañamente, su mandato, lo que se convirtió en un error garrafal y el principio de su perdición.

Mariano sabe que Cospedal no se refería a los Reyes de España sino a la juventud de Rivera e Iglesias, los nuevos y jóvenes 'reyes' de la política española, pero la manchega es especialista en meteduras de pata, como cuando habló del 'finiquito en diferido y simulación' de Bárcenas, que es el único fantasma que le quita el sueño a Rajoy.

El presidente ayer le dio otra vuelta de tuerca hacia delante a la ley del aborto de Gallardón, el que cayó en la trampa de esa porfía y estaba desaparecido del PP hasta que le vimos, muy serio, en la toma de posesión de la delegada del Gobierno en Madrid, su amiga Dancausa. Gallardón, por más que se cuadre y dé taconazos y cabezazos al Rey tiene -como dicen en el PSOE de sí mismos- alma republicana. Y lo mismo le pasa a Bono, que no cesa de enredar para que no se olviden de él.

Y es verdad que Rivera e Iglesias son más jóvenes y que Rajoy es el abuelo de la reunión, que es lo que quería decir Cospedal y no fue capaz de explicarse, porque de un tiempo a esta parte casi todo le sale mal. Y todos, Rajoy, Aguirre, Gallardón, Aznar y hasta González, a buen seguro que piensan que aún les queda una última oportunidad de seguir o de alcanzar la cúspide del poder. Ahí está Sarkozy aspirando a regresar al Elíseo y por los Estados Unidos anda en campaña presidencial Hillary Clinton dispuesta a regresar, como Presidenta, a la Casa Blanca, cuando cumpla 69 años de edad. Ronald Reagan lo logró a los 70. Por ello nada está perdido para los santones del viejo poder español, salvo que no entiendan que el problema no es solo de edad sino de la juventud mental que obliga a un cambio radical de políticas y a poner en marcha una auténtica y democrática revolución, la obligada segunda transición.

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