Rajoy en Doñana

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A la residencia presidencial del parque nacional de Doñana se fue Rajoy a vivir su estación de penitencia, contemplando la serenidad del mar y los rosados flamencos que aterrizan al anochecer, mientras que, en el agua que al pie de Sanlúcar derrama el Guadalquivir, todavía se ve el resplandor de 'la madrugá' sevillana y se escucha, entre rumores, la salve marinera de la Esperanza de Triana.

El presidente medita la difícil situación del PP tras la derrota de Andalucía y ha mandado tocar diana al corneta del regimiento para que a su regreso a la capital los oficiales y mandos del partido -más de 600- estén en posición de firmes y en formación de a cuatro para cuando él pase revista el martes 7 en la Junta Directiva Nacional y los someta a una arenga patriótica. A ver si el 24 de mayo son capaces de frenar los ejércitos de 'adanes y zascandiles', así los llamó Rajoy, que pretenden tomar 'al asalto' -Iglesias, 'dixit'- las inmediaciones (alcaldías y comunidades) del máximo poder, una vez que abrieron brecha en el flanco sur de la muralla del bipartidismo que protege la castillo negro de la Moncloa.

A Rajoy le gusta Doñana, como a González, Aznar y Zapatero, y no solo por la belleza del lugar sino porque allí se cuidan y protegen las crías del lince español, y Rajoy puede que se considere un lince de la política en peligro de extinción. Desde luego pocos amigos ha hecho a su paso por el poder, ni entre los suyos ni entre sus adversarios, y podría darse el caso que saliera de la Moncloa -morir de éxito- dejando en vías de solución la crisis de la economía, pero pasando encima de un sinfín de destrozos sociales y de una clara involución democrática y de libertades.

Destrozos que pudo evitar pero que él despreció y que ahora tienen al PP sumido en el mayor de los desconciertos, sabedores de que serán muchas las alcaldías y algunas las Comunidades autónomas que van a perder. Entre otras cosas porque ya no hay tiempo para reaccionar y acaban de sufrir en Andalucía una derrota monumental que marca una tendencia de la que les será muy difícil escapar.

Y ¿cuáles son las armas secretas de Rajoy? Pues: volver a contar el bonito cuento de la lechera que llevaba el cántaro lleno de empleos, de créditos y de recuperación económica; sacar de paseo los lobos negros del miedo a lo que está por llegar y nos puede retrotraer a lo más profundo de la crisis; el controlar -como ya están haciendo- a los tribunales de la corrupción y casi todos los canales de la televisión privada (Paolo Vasile ha entrado por el aro en Cuatro y a Planeta los quieren doblegar cortando las alas de La Sexta); y finalmente prometiendo una renovación del PP que difícilmente se podrá poner en marcha para antes de los ‘idus’ del 24 de mayo.

Palabras y juegos de poder frente a la oleada de la indignación nacional y el presunto renacer del PSOE en Andalucía, en defensa del viejo bipartidismo del PSOE y del PP que sufre, por la izquierda y por el centro los ímpetus de Podemos y Ciudadanos, mientras se desmoronan IU y UPyD en beneficio del cuarteto de la política. El que, tras los comicios de mayo, ensayará el baile de los pactos de gobiernos en municipios y regiones, camino de la que será la gran cita nacional de las elecciones generales de fin de año.

¿Será Rajoy el primer presidente del Gobierno español que, tras conseguir una mayoría absoluta, no consigue un segundo mandato? Ésa es la cuestión y probablemente el temor que atenaza a Rajoy en su reflexión de Doñana, mientras observa las marismas del Guadalquivir, quizás por última vez. De ser así Rajoy se consolará pensando que todo lo que hizo fue por España y por la salida de la crisis, pero le quedará la desazón de pensar que todo se pudo hacer de otra manera menos dolorosa para los españoles, y con otros modales ajenos a su absolutista manera de gobernar.

Ahora, desde los atardeceres de Doñana, Rajoy verá más diáfana la realidad nacional y entenderá que la política al margen de los ciudadanos es solo un juego autista del poder que siempre acaba mal. Y que parece sometido a la maldición de la Moncloa que siempre ha perseguido a los presidentes de la transición, González, Aznar y Zapatero, que no lograron despedirse bien en sus respectivas salidas del poder. Que es lo mismo que le puede ocurrir a Rajoy a nada que se confirmen los presagios de las encuestas electorales que anuncian el fin del bipartidismo -su herencia fundamental- y la derrota del PP.

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