Semana Santa

Estamos llegando a la Semana Santa y de pasión, pero venimos de la gran semana del terror del avión de Germanwings que, procedente de Barcelona y con rumbo a Dusseldorf, se estrelló en el Monte Calvario de los Alpes franceses, tras el sufrimiento inenarrable de ocho eternos minutos de terror soportados por 149 inocentes que fueron sacrificados en vuelo por un loco, demente incontrolado. El que se encerró en su cabina suicida, mientras los gritos de desesperación de los pasajeros y la tripulación acompasaban los hachazos que el comandante de la nave daba a la puerta, irreductible y blindada de la cabina, en el santo nombre de Dios.

Pasaron las lluvias y un sol luminoso y caliente ilumina las vacaciones de la Semana Santa con la diáspora urbana lanzada hacia las playas de España en pos de un descanso político y psicológico de unos ciudadanos cansados, desanimados por la crisis y la política y aún espantados por los horrores del vuelo de la muerte.

Los españoles se van al mar, y algunos a las montañas, porque saben que en las ciudades aún inhóspitas y tensas les esperará un regreso agridulce embadurnado por una nueva campaña electoral, esta sí que nacional, donde los unos les van a ofrecer el paraíso de la recuperación económica y social del país, los otros la alternancia, los de mas allá la nueva política y los más sinceros una oportunidad de venganza contra la vieja política, la casta y la corrupción.

Pero de momento la borriquilla del Domingo de Ramos ha llegado a las calles de Jerusalén y se ha paseado por todas las capitales de España, país desde donde le han enviado una palma florida al Papa Francisco para que haga su triunfal entrada por la plaza de San Pedro antes de vivir el gran viacrucis en el Coliseo de Roma, iluminado y emocionado al anochecer de la ciudad eterna e imperial.

La Semana Santa española es algo muy especial. Un espectáculo que, a la vez, es religioso y laico, un popular y multitudinario Auto de Fe por calles y plazas de las ciudades españolas y dotado de una exuberancia y de una puesta en escena asombrosa por las imágenes, los nazarenos, los costaleros, las orquestas y los romanos, y sobre todo por el público que masivamente se suma a un espectáculo que forma parte, para creyentes y no creyentes, de la vida y la cultura de este país.

‘La madrugá’ del Jueves Santo de Sevilla es la obra cumbre de toda esta exhibición de arte y pasión nacional y este año, sin lluvia previsible, va a batir todos los records de visitantes y explosión ciudadana y social. Y eso será en Sevilla donde se acaban de contar los votos de un tiempo nuevo de cambio político donde los monólogos del poder se acaban y donde van a empezar los tiempos de los pactos, los diálogos y las penitencias para los que estaban acostumbrados al control absoluto del poder.

Y, por más que unos se lamenten de la inestabilidad política, la mayoría de los ciudadanos estará a favor de los nuevos gobiernos compartidos y de las alianzas pactadas, en vez del poder de un omnímodo Herodes, o de un muy pusilánime gobernador de Roma, como el llamado Pilatos que se lavaba las manos ante el crimen del ‘inocente hijo de Dios’.

Semana Santa, de sol, vacaciones, procesiones, espectáculo y reflexión y por fin, con una hora más de sol y menos de electricidad, víspera de la primavera de la política española donde muchos quieren el cambio y otros, temerosos de perder el poder, rezan y piden desesperados: ‘Virgencita que me quede como estoy’. Pero el cielo no está para hacer milagros a favor de los poderosos sino más bien de los desamparados como es su obligación. No puede ser de otra manera y en el Nuevo Testamento escrito está y así lo pregona el Papa Francisco a favor de los miserables de la tierra que son una legión, y para los que se anuncia el Reino de Dios.