Margallo y la libertad en Gibraltar

Al ministro Margallo su amigo Rajoy debió nombrarlo ‘ministro de la Guerra’, o en todo caso ministro de Gobernación que es como se llamaba el ministro de Interior en tiempo de Franco. Y sabida es la anécdota de la llamada que en uno de esos años de oscuro pasado le hizo el ministro de la Gobernación al embajador de Inglaterra en Madrid, cuando unos cientos de estudiantes rodeaban la embajada británica al grito de ¡Gibraltar español! El ministro le ofreció al diplomático inglés más protección policial por si se desbordaba la situación, a lo que el embajador británico le respondió: ‘No me envíe más policías, envíeme menos estudiantes’.

Pues así seguimos, más o menos y a estas alturas de la vida democrática y europea en la que habitamos, porque Margallo a lo mejor debió ser uno de esos estudiantes que gritaban a las puertas de la embajada británica, y una buena prueba de ello es que lo primero que le dijo a su homólogo inglés a pocos días de que Rajoy le nombrara ministro fue: ¡Gibraltar español!. Demostrando el ministro Margallo, a quien le adornan otras cualidades por su conocimiento de los temas económicos y europeos, que sus dotes para la diplomacia son escasos.

Ahora Margallo está enfrascado en la tensión con Gibraltar y aprovechando la visita a Madrid de su homólogo inglés Hammond ha vuelto a dar la nota, y ha prohibido a los periodistas gibraltareños asistir a la rueda de prensa que se ofreció en Asuntos Exteriores al término de la visita del secretario del Foering Office. Un veto democráticamente inaceptable en un país de la UE, que se suma al intento de Margallo de impedir una conferencia con coloquio que el ministro principal de Gibraltar Fabian Picardo ofreció en Madrid, con éxito de público y medios de comunicación. Y sobre todo con bloqueo parcial del paso por la frontera Gibraltareña para obstaculizar el paso de turistas y de los trabajadores españoles de la Línea, a la vez que no quiere Margallo que el aeropuerto de la Roca se integre en el espacio del ‘cielo europeo’. A todo dice: ‘no, no y no’.

Nos cuenta un diplomático infiltrado en el Palacio de Santa Cruz que a Margallo le ha cabreado solemnemente la conferencia de Picardo en el Palace, y que esta nueva tensión con la Roca parte del lanzamiento por Gibraltar en la bahía de Algeciras por Gibraltar de los bloques de cemento, con los que se pretendía construir un arrecife artificial para la pesca. Y más le enfadó al ministro que Picardo dijera que ‘antes se helarían los infiernos, que ellos retiraran los bloques del agua’.

Vale, puede que lo de los bloques y lo del infierno fuera un chulería o casi una provocación, pero como se dice en España ‘manos blancas no ofenden’. Y decimos lo de manos blancas porque a fin de cuentas Gibraltar es un pequeño país de 30.000 habitantes y estas escaramuzas no se pueden ni se deben responder ‘a cañonazos’, y menos aún con una escalada verbal y cierre parcial de fronteras, y obstáculo a las libertad de expresión y menos aún cerrando el Instituto Cervantes de la Roca, porque todos los puentes son buenos. Y porque puede que, culturalmente hablando, Gibraltar sea más andaluz que otra cosa, por lo que deben imponerse normas de buena vecindad.

Además tarde o temprano, alguien sustituirá a Margallo y habrá un nuevo diálogo sobre Gibraltar, como el que audazmente abrió Marcelino Oreja con su homólogo británico Owen. O sea, vamos a ver si en España se recupera el sentido común y los modales diplomáticos y el respeto a las libertades, porque todo ello es tan importante como la propia reivindicación española de la soberanía de Gibraltar. Además, cuando se pierden las formas, los argumentos y las razones de fondo acaban por diluirse en medio del ruido que genera todo lo demás.