Epidemia política

Un virus demoledor está diezmando, y a la fuerza renovando, la clase política española. La última victima ha sido el exministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón, cuya fulminante salida del Ejecutivo de Rajoy y renuncia a continuar en la vida pública se sumó a otros ceses y dimisiones de alto alcance en los primeros partidos políticos del país.

Y ello sin perder de vista la muerte reciente de Adolfo Suárez, o las del banquero Emilio Botín y el presidente del Corte Inglés Isidoro Álvarez. E incluso los ceses aún calientes de los hasta no hace mucho directores de grandes diarios nacionales, El Mundo, El País y La Vanguardia, como han sido los casos de Pedro J. Ramírez, Javier Moreno y José Antich. Y sobre todo ahí está la abdicación del Rey Juan Carlos I a favor de su hijo Felipe VI, como el máximo exponente de la renovación.

En el campo de la política y el flanco socialista han precedido a Gallardón el que hasta hace muy poco era el secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba -a quien ya empiezan a añorar algunos en su partido-, que se fue acompañado de los primeros dirigentes socialistas de Cataluña y País Vasco, Pere Navarro y Patxi López. Y ahora también del alcalde de Zaragoza Luis Alberto Belloch y del portavoz socialista en el Ayuntamiento de Madrid, Jaime Lissavetzky, quien ha renunciado a ser candidato del PSOE en los próximos comicios municipales madrileños del mes de mayo. Un PSOE donde continúa la crisis del PSC con Iceta y donde la única referencia periférica está en la presidenta de Andalucía Susana Díaz, a la que le están creciendo ‘los enanos’ de Podemos en su Comunidad.

Antes que Lissavetzky anunció su retirada Ana Botella en Madrid, abriendo la carrera para la sucesión en la candidatura del PP en la alcaldía, y ya se verá si también al frente de la Comunidad donde Ignacio González sigue a la espera del dedo mágico de Rajoy. El que deberá designar los candidatos madrileños entre los que están Cristina Cifuentes y Esperanza Aguirre, está última pendiente de la ‘divina providencia’ -dice ella, quizás, en alusión a su salud- y de la decisión del juez que instruye la causa de su presunto delito de desobediencia a la autoridad municipal.

Y a no perder de vista entre las víctimas de esta epidemia política la caída de Jordi Pujol tras la confesión de su prolongada estafa fiscal y en pleno apogeo del desafío catalán al Estado y la unidad nacional. Y a la espera estamos de lo que pueda ocurrir con Artur Mas si la consulta se estrella contra el muro de la legalidad.

Como contraste de todo ello ya han entrado en la escena política nuevos y muy jóvenes dirigentes como Pedro Sánchez al frente del PSOE, Alberto Garzón en IU, Pablo Iglesias en Podemos y Albert Rivera en Ciudadanos y ahora mas cerca de UPyD.

Lo que convierte a Rajoy en ‘abuelo’ de los dirigentes políticos y en el dueño y señor del PP, donde ya no queda casi nadie de todos los que fueron sus compañeros en la cúpula del Partido Popular’ de los tiempos de Aznar. Porque todos fueron desapareciendo, bien por sus propios méritos y decisiones, bien porque Rajoy no quiso tenerlos a su alrededor como ya ocurrió con Cascos, Rato, Mayor Oreja, Pizarro, Zaplana, Acebes, San Gil, y ahora ocurre con Gallardón y Aguirre.

O porque cayeron en sus propias trampas o en ciénagas como ha ocurrido con Matas, Camps y Fabra, o aparcados están lejos de Madrid como Trillo en Londres, Cañete en Bruselas y Arístegui en Nueva Delhi. Con la sola excepción del eterno Arenas, oculto en la sede nacional del PP, donde Cospedal se teme lo peor, una vez que ya está claro que la niña preferida de Rajoy es Soraya Sáenz de Santamaría, a la que su íntima adversaria Cospedal ha pretendido mandar a pelear por la alcaldía de Madrid.

O sea, muchos que se van, otros que llegan y algunos, muy pocos, que permanecen impasibles en el poder al menos hasta que llegue la hora de las grandes citas electorales que está al caer.