Gambito de Rey

En sendas fincas de La Mancha y Extremadura de cuyos nombres no quiero acordarme se pudo estrechar el cerco de la abdicación del rey Juan Carlos I, como consecuencia de una estrategia largamente meditada en la que el monarca, rodeado de problemas en su persona, su familia y en España, consciente de sus errores y escaso de salud, decidió, finalmente -tras el descalabro del bipartidismo en las elecciones del 25-M- abdicar en favor de su hijo Felipe. Convertido el rey Felipe VI en el cortafuegos con el que el triunvirato de los señores del alto poder, Templarios del Santo Grial del Régimen de la Transición, pretenden reconducir la situación del país, en medio de una asombrosa crisis económica e institucional.

En el juego del ajedrez, como en la partida de fin de Régimen que se está jugando en España, existe una jugada llamada ‘gambito’ en la que uno de los jugadores entrega una pieza a su adversario para favorecer un contraataque o mejorar su defensa y posición. Se puede entregar un peón, un alfil o caballo, la torre y hasta la reina, pero el único gambito que no existe es el de Rey porque la caída del monarca supone el final de la partida. Lo que obliga a iniciar una nueva competición.

Y eso es lo que ha ocurrido en España en las últimas semanas. Se ha provocado y buscado, estrechando poco a poco el cerco del monarca, la renuncia y abdicación, el gambito -palabra que viene de la italiana ‘gambetta’, que significa trampa- del Rey. Una vez que el cúmulo de los informes acumulados, políticos, jurídicos, económicos, médicos y hasta confidenciales e íntimos, así como el calendario electoral que se aproximaba ofrecía -a juicio de los ‘templarios’- un panorama desolador que ponía en peligro no solo la figura del Rey sino también la Monarquía. Incluso avisaba del riesgo de estallido institucional cuando el país parecía estar en la pista de despegue y salida de la crisis económica y social.

De hecho, lejos de ser la causa inicial de la abdicación, la crisis del bipartisimo del PSOE y PP en las elecciones europeas del 25-M, el ascenso fulminante de Podemos y la reapertura del debate de la República, fueron elementos sobrevenidos que reforzaron la presión de los confabulados de la abdicación del Rey, quien, al final, claudicó. Pero si esto ha sido así y la consecuencia de un planificado proceso a favor de la abdicación -al que parece ajeno el entonces Príncipe de Asturias, a pesar de ser el beneficiario de una, dicho sea de paso, histórica pero complicada herencia-, lo que no acaba de entenderse es la urgencia de la Proclamación de Felipe VI y la austeridad en la despedida de don Juan Carlos y la súbita llegada del nuevo Rey.

¿Quizás para apartar a la infanta Cristina de la Familia Real antes de que se conozca su posible procesamiento por el juez Castro, y evitar el riesgo de que en el proceso tanto Urdangarin como su ex socio Torres impliquen al Rey? Es posible pero no suficiente para este vuelco a gran velocidad, plagado de improvisaciones como se ve en la cuestión del aforamiento del ‘Rey padre’ que ahora, tarde y mal, se pretende solucionar.

¿Estaban Rajoy, Rubalcaba, Felipe González, altos financieros, la Reina Sofía, el Príncipe de Asturias, los servicios de inteligencia, cúpula judicial y policial inmersos en el capítulo final de este ‘Juego de Tronos’ español? Puede que sí, puede que no, puede que unos más que otros pero, contra lo que se ha dicho, todo apunta de que esta no es no ha sido la consecuencia de la sola y exclusiva decisión del rey Juan Carlos I.

El Rey de la transición que, con el tiempo y una vez se diluyan en el aire los fantasmas que ‘oficiosamente’ le amenazaban con el final dramático de su reinado, empezará a entender dos cosas: que sí tenía motivos sobrados para abdicar, al quedar a la intemperie sus errores, amistades peligrosas y abusos de poder (tres capítulos aludidos en el discurso de su hijoFelipe VI al defender la honestidad, el respeto a la justicia e independencia de los poderes del Estado) los que que no coincidían, exactamente, en tiempo y dramatismo con los argumentos de urgencia que le presentaron los que le forzaron a tumbar, de pronto, y con la partida inacabada, su corona sobre el tablero de ajedrez.